El aire hizo que le ardiera la garganta, tosía mucho, en una pugna constante por expulsar el aire que aspiraba, que la dañaba demasiado, dejándola convertida en un ser febril y diminuto, encogido en una camilla en el pasillo de urgencias.
Lucius sostenía su mano, que lucía diminuta y frágil; y Nicole la observaba muy seria, recargada en la pared al otro lado del angosto pasillo donde las enfermeras iban y venían, esquivándola como si no fuera más que un objeto decorativo; tenía un cigarrillo sin encender en la boca, adherido a su labio inferior por el brillo labial sin color que siempre usaba.
Qué fuera de lugar se veían. Lucius, el impecable vikingo, con su traje negro de lino a rayas, de cuclillas junto a ella, con su mano entre las suyas, cual niño pequeño matando hormigas con una lupa, absorto en las costuras de sus negros guantes de piel, como si lo que tuviera entre sus manos fuese un pañuelo de hilo y no la mano de su hijastra.
Y Nicole, recargada en la pared, su impecable traje gris perla manchado de sangre en el chaleco; aunque la mancha era apenas visible por que llevaba el saco cerrado hasta arriba, con la mirada ausente, fija en Lucius; la impasible modelo, con sus ropas de hombre, tan distinta de las mujeres a su alrededor, inclusive de ella, que la miraba intentando distraerse de los espasmos que la atacaban otra vez.
John Bradford la espiaba desde el conjunto de bancas de un feo plástico azul, sus largas piernas lo más encogidas posibles, aunque cruzadas, igual que sus brazos. Éste último la sorprendió; no usaba sus ropas habituales, sino unos pantalones de un gris obscuro; el abrigo negro abotonado hasta arriba, cubriéndole medio rostro, y sus ojos apenas visibles entre los mechones desordenados de su cabello.
¡Qué distintos lucían los tres en conjunto! Como sacados de una de esas publicaciones donde sólo se habla del diseñador de moda, de las elegantes fiestas en las grandes ciudades y el último rumor sobre el artista del momento; forzados a convivir con hoscas enfermeras y noctámbulos heridos, todo gracias a ella.
Lucius le apretó la mano suavemente y le susurró al oído; “sé que me oyes linda, todo va a estar bien, íbamos a la ópera y chocamos; el auto impactó de tu lado; pero no te preocupes, todo va a estar bien, te lo prometo.” Su voz era suave y tranquilizadora; y ella abrió los ojos y asintió; miró hacia la pared, Nicole no le quitaba los ojos de encima.
¿La ópera? ¿Qué no acaso se había quedado dormido mientras platicaba con Nicole y John? No, le dijo Lucius, habían platicado, si, pero para elegir la ópera que irían a ver en la noche; y mientras conducían por la autopista, un auto los había impactado, Nicole ya había sido atendida, de ahí la mancha en su traje; y él se había golpeado la cabeza; “nada grave,” le dijo con su típica sonrisa, sedante y alegre.
Pero Lucius… su radiante sonrisa no lograba opacar por completo la visión de la camisa, acartonada por la sangre, y su largo cabello, que estaba marrón y apelmazado por la misma causa.
Y en cuanto ella intentó levantarse de la camilla notó su visión borrosa y el modo en que todo se movía a su alrededor; sin embargo, pudo ver correctamente el costoso vestido de seda sin mangas, la exquisita joyería y sintió sus pies dolorosamente aprisionados en los zapatos de tacón de aguja, todo seleccionado previamente por Nicole con toda seguridad.
John la detuvo antes de que tocara el suelo. Ni siquiera escuchó el estruendo que hizo la camilla al golpear el suelo, porque todo carecía de sonido ahora, ahogado por el intenso pitido que llenaba sus oídos; aunque que veía a John mover los labios y notaba su mirada de preocupación y a las enfermeras recelosas y muy atentas, susurrando (al menos así le parecía) al fondo del pasillo, desde su mostrador.
Era como escuchar una pieza musical proveniente de una película y ser capaz de separarla de la misma, ignorar de que escena procedía y no escuchar nada más que la emoción que fluía con la melodía; entender nada más que el sentimiento, y vivirlo, sin atarlo a una situación en específico.
Y ahí estaba ella, aturdida y ricamente vestida, sin saber que hacía en una sala de emergencias, con el vestido de seda y sus elegantes compañeros completamente fuera de contexto; todos y cada uno de ellos.
Poco a poco comenzó a escuchar normalmente. Notó la airada conversación de las enfermeras, prendadas sin motivo alguno de la seductora apariencia de John, a pesar de que sólo eran capaces de ver sus ojos de jade a través de la rendija de su abrigo y sus cabellos; y de Lucius, aquel “joven tan amable de acento exótico”. Una sonrisita asomó a sus labios; y miró a John, que la observaba ceñudo, sin prestar atención a nada más mientras Lucius levantaba la camilla, preparándola para que la recostaran de nuevo en ella.
“No hay necesidad,” dijo por fin, con la voz muy suave; “ya estoy despierta.” Se miraron un segundo entre ellos, hasta que Lucius asintió discretamente y John la sentó con mucho cuidado en la silla junto a la que había estado ocupando previamente, acomodando con mucha paciencia sus manos sobre el regazo y sosteniéndole la cabeza como si temiera que fuese a desprenderse.
Quizá sólo lo dejó hacerlo para molestar a las enfermeras más jóvenes, que la miraban de mal modo, su atención yendo de su vestido de diseñador a John, que ahora se desprendía de su abrigo para pasarlo sobre sus hombros, y llevar su cabeza suavemente a su hombro.
“¿John?”, inquirió ella con la voz lo más baja posible, sin intentar levantar la cabeza de su hombro, consciente de que sería nada más que un intento inútil. “¿Hm?,” respondió él que miraba muy atento hacia Nicole, como si temiera que de pronto fuera a desaparecer; aunque de inmediato volteó a mirarla; “¿Por qué estamos aquí realmente?” Y John quedó desarmado.
Miró instintivamente a Lucius, esperando que éste pudiera darle una respuesta; pero él estaba ocupado observando las grietas en el descuidado piso de cemento aplanado, como si nada más importara; y por fin tomó un respiro y contestó con una sonrisa “Entonces ya te diste cuenta… estamos aquí porque Nicole necesitaba atención médica; ya sabes, Lucius siendo doctor puede agilizar algunas cosas, pero no todas.”
Ella asintió. Sabía perfectamente que la sangre en el cabello y la camisa de Lucius no eran de él; lo había… olido; era la expresión correcta, aquel aroma que parecía sacar de sus casillas a John y a Lucius, el mismo que asqueaba a Nicole y a ella le era indiferente; un olor extraño, distinguible por sobre todas las cosas y que podía resultar extremadamente tentador.
Excelente tu manejo de las palabras, tus descripciones y que situas al lector en ese mismo lugar con los personajes. Felicidades.