“¿De verdad trabajaste con los párrocos?”; su pregunta fue cautelosa, desprovista de intereses ocultos; sabía que ella le diría la verdad, porque nunca le había mentido, y no tenía caso hacerlo.
Ella tardó unos minutos en responder. Cerró los brazos ante su rostro, pasó sus dedos hasta la nuca y se agarró el cabello, mientras exhalaba el aire muy despacio, intentando formular una respuesta coherente; “si”, y su voz se escuchó clara a pesar de los murmullos del viento y del susurro de la misa que casi llegaba a su fin.
No dijo nada más; se había forzado demasiado por demasiado tiempo, tratando de parecer la misma persona de antes, en un intento de no hundir más a la persona que se hallaba a su lado, alguien que ahora se encontraba tan perdido como ella estuvo años atrás, antes de encontrar a Kyan.
“¿Por qué?” De verdad quería comprenderlo, nunca la vio tomar interés por nada relacionado remotamente con religión alguna, y ella lo había dicho antes “…pero ellos no tenían dinero para pagarme y dado que a mí no me hace mucha les dije que no importaba.”
Soltó una sonrisita haciendo que sus dientes relucieran en la semipenumbra de la noche; alargó la mano hacia su derecha y rozó con los dedos las toscas flores de la buganvilla que crecía a su lado, unas flores de un rosa incandescente, llenas de polvo, con más apariencia de papel que de ser viviente pero hermosas.
Arrancó unas cuantas con el puño y las observó con mirada ausente durante unos segundos, antes de abrir el puño y dejarlas revolotear en el viento, para después empezar a hablar en un torrente de frases entrecortadas y rápidas.
“Porque el arte sacro me llamó la atención; porque en la iglesia puedo pensar, no importa cuántas personas estén dentro, todos guardan silencio, y no te juzgan si lloras.
“Carajo Chris, ni siquiera yo lo sé del todo, todo lo que sé es que a pesar de no ser una persona religiosa, un día me encontré a mi misma en la iglesia, llorando, apretada contra su hombro, incapaz de contenerme; todo era tan… bonito, ¿me entiendes?
“La luz, el aroma a nardos que flotaba en el aire, la tibia calidez del ambiente… no había nada más bonito; y Dios estaba ahí, tuve la certeza que Dios estaba ahí, no juzgándome, como mi madre siempre decía, sino viéndome con cariño, como un padre, un hermano y un amigo amoroso, como mi madre nunca me había visto.
“Y sin embargo yo me encontraba a mi misma temerosa de levantar la vista, profundamente apenada por todos mis pecados, mirando las enormes baldosas del piso, pulidas y relucientes por el paso de los años, con él a mi lado, consolándome con mucha paciencia; mientras me apretaba con todas sus fuerzas, tratando de parar mi llanto por que lo estaba angustiando demasiado.
“Y entonces, cuando por fin levanté el rostro, la virgen me sonrió desde su altar, y lo mismo hizo el niño que traía en brazos, que estiró sus manitas hacia mí… sé que me lo imaginé Chris, no había necesidad de que nadie me lo dijera, aunque él no hubiese intentado desmentirme nunca; estoy consciente de que lo imaginé, pero ¡Se veía tan real!
“Encontré paz ahí ¿sabes?, todos mis rencores, todo el mal que había hecho, que no es poco, todo se había ido, estaba en paz con mi madre y mis hermanas, y nadie esperaba hada más de lo que yo en realidad podía dar. Incluida la persona a mi lado, que me quería más de lo que podía decir; lo entendí todo en ese momento.
“Entendí muchas cosas ese día, comprendí que Dios realmente está con nosotros, en todas las cosas a nuestro alrededor, especialmente en las que tendemos a olvidar, el sol, la luna, las estrellas… yo creo que lo encuentro más a menudo en las nubes ¿sabes? Me gusta ver las nubes, viéndolas, encuentro las respuestas a muchas preguntas, preguntas que antes me hacían sufrir mucho.”
Estaba llorando, se limpió rápido las lágrimas con el dorso de la mano, luchando por mantenerse en el momento presente, lejos de aquella tarde en la iglesia, lejos de la luz dorada que caía sobre las enormes piedras que habían visto pasar a tantas personas que como ella, habían encontrado luz en un solo momento, y se habían aferrado a ella, esperanzados en una nueva vida.
¡Cuánto había anhelado regresar a la iglesia los primeros días en que se había encontrado sola de nuevo, después de la muerte de Kyan! Pero no lo había hecho, no hasta ahora, porque tan sólo pasar frente a la iglesia, le causaba un dolor profundo que la desgarraba desde dentro; y por mucho que deseara ver otra vez los querubines de yeso, que la habían observado desde lo alto de las cúpulas, encantadores en su infancia congelada, nuca tuvo el valor para entrar sola.
“Quizá ahora pueda”, comentó para sí con tono dubitativo mientras Christian la observaba desorientado, como si la mujer que estaba frente a él fuera alguien a quien no había visto en toda su vida.
“Sé que no te he respondido la pregunta y que quizá no me comprendes”, dijo alzando la cabeza y sosteniéndole la mirada muy serena, como no hacía desde antes de que conociera a Kyan; “pero quería que entendieras por qué elegí éste lugar, que no es el único que ofrece una panorámica de la ciudad, y tampoco tal vez la mejor; pero en éste lugar comencé a vivir, por así decirlo… yo simplemente, quise regresar el favor.
Y en su rostro se esbozó una sonrisa que hizo que se formaran hoyuelos en sus mejillas; mientras cerraba los ojos; era una sonrisa auténtica, que incluso a él lo hizo sentir bien.
Entonces él sonrió también, olvidándose momentáneamente de June Belford y lo mucho que la extrañaba, y le tomó la mano, mirando en silencio ambos hacia el horizonte, mientras detrás de ellos, las campanas de la iglesia repiqueteaban anunciando la medianoche.
“Yo la envidiaba”, soltó Dannae con una voz que lo retrotrajo a quince años antes, cuando la había conocido, una niña asustada de su propia fuerza; “Quería ser como ella, porque según lo poco que vi de ella, era capaz de tomar decisiones firmes y nunca mirar hacia atrás; yo quería ser igual, ser capaz de enfrentarme a todo y todos, sin miedo alguno.”
Y aún anestesiado por su cálida sonrisa le dijo “Ahora lo eres. Perdiste el miedo cuando lo encontraste a él; porque incluso te enfrentaste a tu madre; en tu caso, viviste a pesar del miedo, disfrutando tu día a día gracias a las pequeñas cosas y gestos que ambos tenían para el otro.
“Pero ella… ella vivía a través del miedo, porque era insegura, e infantil y por eso tomaba riesgos inútiles, porque decía que no sabía cuál sería su último día.
“Es distinto, tú has vivido, con la certeza de que la vida es lo mejor que te puede pasar de que tienes que celebrar cada día sobre la tierra, no importa lo miserable que te sientas, es una bendición estar viva, ella lo hacía, porque estaba segura de que iba a morir cualquier día y no quería tener que lamentar nada. Es bastante diferente,” terminó por decirle, tú y ella, estaban de extremo a extremo, y me alegro de que así haya sido.
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