Sentado en una esquina de aquel enorme estudio, examinó con calma cada uno de los rincones del mismo; los altos anaqueles llenos de objetos de cristal, delicados y encantadores, como esculturas de hielo, los enormes libreros, con los libros que se apilaban hasta el techo… cómo pasar por alto las cortinas de terciopelo rojo de damasco y delicado encaje, el brillante suelo de parquet, y las sillas, aquellas sillas amplias y cómodas que se encontraban a ambos lados del escritorio de roble macizo.
Era un lugar bastante acogedor; y bastante más amplio de lo que recordaba, los sillones de cuero y las alfombras seguían en la misma disposición que hacía veinte años, y sin embargo los cuadros que se encontraban colgados ahora en las altas paredes de ladrillo eran modernos y rebosantes de color.
El fuego en la chimenea crepitaba suavemente, como si fuera una canción de cuna, y afuera, las estrellas brillaban igual de bellas que siempre. A lo lejos, escuchó el andar apresurado y lleno de confianza de Ananké Nyx, aquella mujer sin alma que tanto había querido.
En realidad no había cambiado; tenía aún aquellos ojos que desbordaban una inteligencia sin igual, y una boca delgada aunque bonita, que siempre esbozaba una sonrisa demasiado ambigua como para ser descifrada, y una nariz pequeña y afilada, enmarcado todo en un rostro con forma de corazón, apenas visible bajo aquel fleco enorme.
Podría haber pasado por alguna de sus hijas sin ninguna dificultad, porque aún tenía la figura de un muchacho bajo aquel traje que vestía, bien ceñido a la cintura, como si fuera un personaje sacado directamente del siglo diecinueve, con el pelo atado en la nuca con una cinta de seda color púrpura, igual que el chaleco con botones de plata.
Aquella vestimenta parecía sin duda, una mezcla sin ton ni son de antiguo y moderno. En cuanto lo vio, se acercó a él con los brazos abiertos y lo estrechó un largo rato, durante el cual él aspiró el aroma a nardos y madreselva que exhalaba su pelo, un pelo muy bonito, brillante cono obsidiana y rizado en un solo bucle que caía sobre su espalda hasta llegarle a las rodillas.
“Ethan”, dijo ella con una voz dulce, pasando la mano sobre su pelo, rehusándose a dejarlo libre. Había cambiado tanto… sin embargo, en el fondo seguía siendo Ethan, el único hombre al que no había podido poseer.
Cuanto había cambiado. Aún era apuesto; su cabello aún seguía siendo de un castaño cobrizo, que a ella le recordaba el color de las flamas que bailaban en la chimenea; y sus ojos eran profundos y vibrantes como el mar, de un color que no terminaba de ser verde ni era completamente azul; pero su rostro… había envejecido.
Aquel rostro tan bonito, cuyos rasgos fuertes resultaban bastante atractivos ahora lucía más cansado y con un poco más de arrugas, además de los tenues morados debajo de sus ojos, pero la esencia del hombre seguía estando ahí, aquella boca diminuta que invitaba a ser besada, con las comisuras de los labios casi siempre hacia abajo; y en sus ojos, aquella mirada vacía, casi suplicante que se asomaba a veces, cuando creía que nadie lo veía… “Ethan”, volvió a decir, y quizá luchó durante un segundo con la mujer insegura que vivía en algún lugar obscuro y olvidado de su alma.
El hombre la estrechó contra sí durante unos segundos. “Sí muñequita”, le susurró al oído con una voz grave y etérea de marcado acento británico. Pensó entonces en lo fácil que hubiese sido romperle el cuello, un haz de ramitas secas bajo una cubierta de tersa porcelana… era una fragilidad tan evidente que resultaba bastante tentadora.
Y ella soltó una carcajada mientras se apretaba aún más contra su pecho “lo sé, lo entiendo”. Si, lo entendía, porque durante años y años su relación se había mantenido intermitente y dañina, como un cáncer que entraba en remisión y regresaba… y sin embargo, nunca desearía no haberla conocido, no importando el daño que ambos se hubiesen hecho.
“Te extrañé tanto”, susurró ella con tono intimo y levantó el rostro para mirarlo mejor; y él sonrió; “yo también muñequita,” le susurró al oído, haciendo que ella se estremeciera de pies a cabeza, lo que lo hizo sentir culpable durante unos segundos, dado que ella seguía teniendo aquella apariencia de niña, que había sido la causante de su separación quince años atrás.
Y, sin poder evitarlo, vio a Helena, tan hermosa como siempre, con la cabellera negra y lustrosa llena de bucles meciéndose al viento, y aquel vestido que fluía libre sobre su piel… Helena, que le había quitado la dicha que le daba Ananké Nyx. “No puedes quedarte con ella”, le dijo con una voz severa y el rostro inexpresivo, a través del aura nebulosa del recuerdo; “ella no va a envejecer nunca; y ¿Qué pasará contigo cuando llegues a los cincuenta? ¿Acaso crees que ella te va a seguir queriendo cuando ya no seas ni la sombra de lo que eres ahora?”
Lo escrutó con aquella mirada tan profunda que tenía, tratando de sembrar la duda en él para después voltear a mirar el cielo; “Sí,” contestó él con firmeza, sin dudar ni un segundo, “lo hará por que la quiero, más de lo que pueda llegar a querer a cualquier otra persona;” y ella volteó a mirarlo, con sus hermosos ojos pardos encendidos durante un momento por lo que parecían celos, “¿incluso más de lo que me quisiste a mí?”
Pero Helena se desvanecía en el momento justo en que abría de nuevo la boca, mientras intentaba responder a aquella pregunta, a la que quizá aún ahora no tuviera respuesta.
“Qué tontería,” pensó, y se cubrió el rostro con ambas manos, con el dolor que aprisionaba su corazón, ¿por qué había ido ahí? ¿No había sido suficiente el dolor que le había causado saber que Ananké tenía ahora tres hijas, que había seguido adelante, convirtiéndolo a él en nada más que un simple recuerdo placentero? ¿Acaso en verdad tenía que responder a aquella estúpida pregunta después de tantos años?
Sabía la respuesta a todas esas cosas, sabía de alguna manera que Ananké nunca lo había olvidado, aunque le hubiesen dicho lo contrario, aunque ahora tuviera hijas y nietas, ella nunca lo había olvidado ni había siquiera intentado, como claramente había hecho él; y sí, tenía que buscar a Helena, para decirle, con quince años de retraso que sí, que amaba más a Ananké de lo que la había amado a ella, y que aún quince años después, ella seguía amándolo a él.
Había sido una imprudencia dejar que los recuerdos fluyeran libres en su mente, y lo sabía, porque sabía demasiado bien lo que alguien como Ananké podía hacer.
Ahora era demasiado tarde, aquella mujer diminuta cuyo rostro seguía siendo el mismo aún después de muchos años, se había alejado de él, dirigiéndose al enorme ventanal que daba a la terraza, y lo había abierto, haciendo que el aire frío entrara y regara por todos lados los papeles en su escritorio y sacudiera las pinturas mientras ella salía al aire nocturno, con un gesto sombrío manchando su deslumbrante belleza.
“Entonces, ¿fue Helena?”, aunque su pregunta sonó más como una afirmación. Y él salió a reunirse con ella a la terraza, que dominaba la mayor parte de la imponente villa Nyx, aquel lugar enorme y atemporal que lo sorprendió por completo como si fuera la primera vez que la veía; porque aún en aquella noche bastante obscura, se revelaba más extenso que en sus sueños o sus recuerdos.
Tardó aún unos segundos más en responder, mientras intentaba liberar su corazón aprisionado por los sollozos de ella; “no”, dijo al fin, intentando esconder sus recuerdos, y ella volteó a verlo, como años antes, cuando le había avisado que se marchaba. “yo sólo me quité del camino para no estorbarte ni a ti, ni a Gabrielli.”
No sonó tan convincente como esperaba, porque ella lo escrutó durante unos segundos, seria y pensativa, una mujer adulta atrapada en una magnífica adolescencia.
“¿Gabriel? ¿Qué tiene que ver Gabriel en esto?”, ladeó la cabeza, como un niño intentando comprender durante su primer acercamiento al arte, los ojos vidriosos brillando a la luz de la luna, que complementaba el delicioso resplandor que llegaba desde el estudio, y ello lo dejó atónito.
“Gabriel y tu… ya sabes, ¿Hahne?”, levantó mucho las cejas, sorprendido y asustado de decir por primera vez y en voz alta la causa de una separación tan larga y dolorosa. “ah”, respondió ella, sin prestar mucha atención, recargando la espalda en la baranda de mármol florentino, con una mano apoyada en ella y la otra que retiraba un mechón y lo llevaba detrás de su oreja, el bucle de su espalda ondeando al viento.
“Gabriel es demasiado joven para ser su padre,” soltó sin darle mucha importancia, aunque la tenía en realidad; mientras él la miraba, encantadora como siempre, con su belleza etérea y su voluntad férrea creada a fuerza de su abandono.
Ella sonrió sardónica, mirándolo fijamente durante un instante, revelándole una horrible verdad, que la mujer que él había amado y añorado desaparecía poco a poco ante sus ojos.
“Sí,” susurró ella con una voz sin emoción, “ha pasado tanto tiempo…” soltó un suspiro, limpiándose las lágrimas del rostro con el dorso de las manos, a pesar de que ya casi estaban secas; mientras ponía una expresión que él nunca pensó ver en su rostro, una expresión dura, como la de Helena, la otra mujer a quien tanto había amado, la mujer que lo había llevado hasta ella.
“Helena está muerta”, suspiró ella con alivio, y después siguió hablando “y por eso yo tuve que quedarme aquí, atrapada para siempre en la villa Nyx, que poco a poco se ha ido convirtiendo en mi hogar mientras la soledad poco a poco se tragaba mi alma.”
Él cerró los ojos, intentando no ver más aquel rostro que lo hería tanto a pesar de todo el amor que sentía por ella, “pensé que con el tiempo me olvidarías, que serías feliz, que por fin podrías convivir con tu familia si yo no estaba aquí;” abrió los ojos, ella lo miraba con verdadero interés, prestando mucha atención a sus palabras; “ya sabes, lo que dicen, el tiempo lo cura todo.”
Y ella se acercó a él, de nuevo, su cabello flotando a su alrededor, con la tenue fluorescencia de su piel que la hacía encantadora e irresistible sumiéndolo poco a poco en un hechizo del que le costaba tanto trabajo salir; hasta que llegó junto a él y apoyó su mejilla contra su pecho y su mano sobre su hombro. “Una, trampa,” se dijo, “todo esto no es más que una trampa y tú has venido a caer en ella.”
Pero no se resistió. Pasó los brazos alrededor de su cintura y bajó el rostro hasta que rozó su cabello fragante y apenas y la escuchó decir “el tiempo olvida, Ethan; yo no lo hago, nunca te olvidé… tal vez por eso mi estadía aquí ha sido tan dura.” “Lo siento”, suspiró él, con la horrible certeza de que algún día, iba a morir entre sus brazos.
Y con una mirada llena de odio, observó durante un segundo a aquella mujer que los veía fijamente desde el jardín, una mujer idéntica a Helena Nyx.
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