06
Nov
08

4: En un Bulevar de París

Apretó su brazo en un gesto inconsciente; su mirada era recelosa y de pronto parecía estar en guardia, con movimientos precavidos, como años antes, cuando estaba al acecho de alguna presa importante; aunque en realidad, hacía años que ella no hacía algo como eso, desde que había salido de la villa Nyx y del alacance de su madre, un viernes de Febrero, casi a la media noche.

“¿Dan?” Eliminó con éxito la nota de paternal preocupación de su voz y su mirada. En el bulevar, a toda velocidad y con las sirenas y las torretas encendidas pasaron un par de patrullas. Él se relajó y puso la mano sobre la suya, helada y diminuta puesto que se había negado a usar guantes y el abrigo, una clara reminiscencia de las noches de años atrás.

Ella lo miró ausente durante unos segundos, después de los cuales, relajó la presión sobre su brazo “lo siento”, dijo rechinando los dientes, “no me gusta ver tantos policías rondando por aquí y por allá”, siguió caminando, hasta llegar a una esquina tenuemente iluminada, recargándose contra el señalamiento que indicaba el nombre de la calle.

Sus palabras lo desconcertaron durante unos cuantos segundos, tras de los cuales preguntó: “¿no se supone que deberías sentirte más segura viendo que hacen su trabajo?”

Ella sonrió con sorna, “es completamente lo opuesto,” dijo jugeteando con el dije de plata que colgaba sobre su pecho, “verlos en tal cantidad no hace sino reforzarme la idea de que el crimen ha aumentado tanto que ellos está perdiendo su territorio. ¿Es que acaso crees que todos son hombres honestos y llenos de rectitud?”

Eso lo dejó sin respuesta. Naturalmente esperaba que ella estuviera desencantada del mundo después de todo lo que había pasado, pero ahora era además bastante más cínica que su madre, de quien había heredado la belleza exquisita de flor exótica.

Una flor exótica convertida en duro y frío cristal, que lo miraba sin ganas, a través del velo de su desgracia, que no era otra que haber nacido dentro de una familia antigua y llena de tradiciones obsoletas.

Ella lanzó un suspiro hastiado, elevó el brazo rápidamente y movió la mano con gesto elegante, como si sacudiera un invisible pañuelo de encaje, y ante este gesto, un autobús enorme y monstruoso se detuvo ante ellos; antes de que se tornara consciente del proceso, estaba sentado junto a ella, que reclinaba la cabeza contra el respaldo del asiento y miraba aunsente y desolada por la ventanilla sucia del autobús.

“Mi auto estaba estacionado a unos cuantos pasos de tu casa,” dijo él sin emoción alguna, mientras la observaba cuidadosamente, notando las pequeñísimas arrugas que antes no había visto, y lo rojos que estaban sus ojos, permanentemente en lucha contra el llanto “si querías ir a algún lugar al que no pudiésemos llegar caminando, lo hubieras dicho”.

“Tu auto nos hubiese ganado un secuestro”, dijo ella aún mirando a través del grasiento cristal de la ventanilla, sin prestarle atención; “además, me gusta viajar en autobús, por más difícil que te parezca creerlo; es mi manera de procurarme un esclavo que me susurre al oído que voy a morir.”

“¿Eso es lo que quieres? ¿morirte?”; el tono de su voz se elevó unas cuantas octavas debido a su molestia, “si tal es el caso, todo lo que tenías que haber hecho era quedarte al lado de tu madre, en la villa Nyx.

Ella volteó a mirarle sorprendida, tenía las cejas levantadas y los ojos muy abiertos, como cuando le había dicho cuantos años tenía en realidad; “¿acaso dije eso? Carajo Chris, cada día te vuelves menos perspicaz; además, si tal hubiese sido mi propósito, ni tú ni mi madre lo hubiesen permitido, tú, por el cariño que sientes hacia mí, y mi madre, ya sabes, soy un activo que todavía no puede desechar.”

Apartó la mirada de él para dirigirla nuevamente hacia la ventanilla, de nuevo palpó el dije, jugueteando ansiosamente con él, haciendo tintinear la cadena a intervalos.

“¿Qué es eso?” preguntó, señalando con la vista el dije que brillaba encantador en la penumbra del autobús. Ella lo miró de nuevo, sin ganas de responder, pero al final dijo “¿Esto?” levantó el dije, que resultó ser un relicario de plata antigua, con la forma de un cello; “es lo último que queda de Kyan”; y siguió mirándolo, deseosa de sumirse de nuevo en el silencio, después lo dejó caer y pasó la mano sobre su pecho, como si comprobase que aún seguía ahí.

“Al menos sabía lo que te regalaba”, dijo él con la mirada fija en el parabrisas del autobús, mientras relajaba la postura.

“No,” dijo ella secamente, “lo hizo para compensarme, por haberme hecho dejar la música.” Él volteó a verla sorprendido, si en algo nunca había cedido con su madre había sido seguramente en lo del cello; aún recordaba los días y noches que ella pasaba encerrada en el estudio, practicando sin tregua; a veces, incluso olvidaba comer por días enteros.

¿Él te obligó a dejarlo?, su pregunta fue cautelosa, igual que su voz, y volteó a verla, intentando tantear el terreno, pero ella había cerrado los ojos, intentando no recordar. Aspiró muy hondo y después exhaló despacio el aire antes de contestar: “En realidad no me obligó. Simplemente me dijo que no podía verme tocar el cello, que era muy doloroso; porque cuando tocaba, yo moría para el mundo y todo lo que emanaba de mí eran ecos de tristeza y desesperación.

“En realidad tenía razón, ¿sabes?, todo en lo que podía pensar era en las horribles horas de entrenamiento en los colegios militares, y la angustia de no ser nada más que un  peón a disposición de mi madre y sus ambiciones, él me dijo que no quería verme nunca tan triste, que lo que él quería para mí era verme sonreír y vivir la vida sin mirar el pasado.

“Entonces guardé el cello en el estuche, fui al consevatorio de la ciudad y lo regalé, me alejé de la música, porque no podía estar separada de él, me dolía demasiado estar sola, tocando mi música. Y esa misma semana, me regaló el relicario. Dijo que después de todo, él estaba en deuda con el cello por que fue gracias a él que nos conocimos”.

En su rostro apareció una sonrisa plácida, como si con sólo contarlo pudiese verlo delante de ella otra vez. Y abrió los ojos, brillantes y felinos, llenos de la satisfacción efímera de sus recuerdos. “Así fue como nos conocimos, en un bulevar en París”.


0 Respuestas a “4: En un Bulevar de París”



  1. Aún no hay comentarios

Escribe un comentario