05
Nov
08

3: Moonlight Sonata

Sintió la suave presión de una mano sobre su hombro; ya estaba despierta desde hacía rato, aunque se negaba a abrir los ojos.

Su sueño había sido breve y perturbador, como todos los que tenía desde hacía un año, cuando su destino había sido cambiado de manera tan abrupta. Ahora no quedaban más que las cenizas de su personalidad reflexiva, volviendola incapaz de hablar con el hombre que tenía frente a ella, el que la había cuidado y mimado tantos años.

El mismo que la miró detenidamente durante unos segundos, sus ojos, de un color incierto y cambiante, eran como un océano cubierto por la bruma sondeándola como siempre, desnudandola de todo secreto; la tomó por la barbilla y se acercó aún más, para verla mejor; frunció el ceño, con lo cual una finísima arrgua cruzó ligera su piel marmolina.

“¿Lloraste otra vez?”, en su voz no había ni el más ligero dejo de reproche. “Vamos”, dijo el alargándole el abrigo mientras ella pasaba de largo, abriendo la puerta y cruzando a paso rápido hasta la pared de enfrente, su silueta recortada contra las duras luces amarillas del alumbrado público.

¿Cuánto tiempo más duraría su mutismo? Podía notar su desesperación a kilómetros, más no podía hacer nada, y ésto le dolía más de lo que quería aceptar, porque después de todo, entendía su dolor, aquel trauma devastador que nos vuelve ciegos y sordos ante el mundo, y más importante aún, ante nosotros mismos.

No hacía mucho que él mismo había pasado por algo similar.

Ella lo miró apremiante al otro lado de la calle, sus ojos ambarinos refulgiendo entre las sombras. Entonces tuvo la certeza de que Ananké Nyx había obtenido lo que quería, un soldado perfecto, sin remordimientos. Y se estremeció ante la sola idea de que lo hubiese planeado todo para que fuese así; aunque, hizo a un lado tan sombríos pensamientos sin mucho esfeuerzo, mientras cerraba la puerta y se dirigía hacia donde estaba ella.

Ya fuera, bajo la tenue fluorecencia del cielo nocturno, parecía un poco más serena; cuando lo vió, con el abrigo de ella aún bajo el brazo, dejó escapar una sonrisa hueca que se parecía muy poco a las pocas sonrisas que había llegado a verle, y mucho menos, a las que su amante muerto le había arrebatado. Sin embargo, se sintió ligeramente reconfortado al ver que todavía era capaz de sonreír.

Siguieron caminando en silencio durante unos minutos, hasta que ella rompió el silencio, más por cortesía que por gusto, “¿Cómo está ella?”; de pronto sintió sus recuerdos volverse en su contra como una manada de lobos hambrientos y a punto de destazarlo; June Belford estaba muerta, y su muerte aún le dolía como una herida de ácido.

“Murió”, musitó con una voz apenas audible sobre el silbido del viento en aquella noche sin luna de Octubre. Ella cerró los párpados y asintió sin decir más, con algo de timidez, alargó su mano helada hasta encontrar la de él, “lo siento”, comentó con una voz ronca; entonces apretó suavemente su mano en un gesto íntimo, y al hacerlo, su voz se escuchó igual de coflictuada que su rostro, “no lo sabía”.

“Nadie lo sabe”, dijo él con voz monocorde y la mirada ausente, intentando no recordar “yo simplemente regresé a la villa Nyx y nadie hizo preguntas, supongo que lo hicieron por órdenes de tu madre.” Miró al cielo, y exhaló el aire muy despacio, intentando recobrar la compostura; quizá había sido un error ir a buscarla.

¿Cuál había sido la verdadera intención detrás de aquella visita? ¿Consolarla, saber si estaba bien y a salvo? Él sabía muy bien que ella lo buscaría cuando estuviese mejor, así que eso no era. Y en cuando a lo del consuelo… ¿sería capaz de hacerlo estando herido como lo estaba? ¿o es que acaso buscaba que ella lo consolara? Se sintió abatido, por que, ¿qué podrían hacer dos seres destrozados sino seguir desmoronándose uno al lado del otro? Para ellos no había otra posibilidad, y él no lo hubiese deseado de otra manera.

“Ven”, dijo ella, tirándo de él, levemente más animada, mientras echaba a andar de nuevo, hacia el bullicioso bulevar que rugía con estridencia, “hay un lugar que quiero que veas”. Él se dejó llevar sin oponer resistencia.


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