Abrió los ojos desperezándose lentamente. Sobre la línea del horizonte, las nubes se incendiaban con tonos rojizos y violáceos cubriendo el cielo de un azul intenso salpicado de unas cuantas estrellas mientras caía la noche.
Se había quedado dormida en el techo de aquella casa de suburbios, sobre el concreto que despedía el calor que había absorbido durante el día; pero el viento frío la había despertado. Verificó su celular, cuyo uso desdeñaba profundamente pero no podía decirlo abiertamente; tenía un par de llamadas perdidas, todas de su madre, la mujer de negocios, permanentemente embuida en transacciones y comentando sobre la inevitable decepción que le había causado ella.
Apretó los párpados con fuerza; hacía dos años que había salido de la villa Nyx, triste y desolada, huyendo de su madre y de sus planes para ella. Sin embargo las llamadas nunca habían cesado y su cuenta de banco recibía puntual el depósito mensual para sus gastos; era como si todavía siguiera en aquel lugar, ignorada siempre por sus hermanas y su madre.
Exhaló el aire muy despacio, se levantó con un escalofrío al sentir el aire de la noche rozar su espalda.
Abajo, en la calidez de la casa, encendió el televisor, evitando expresamente los noticieros y se dispuso a ver el mismo programa que veía todos los miércoles, con los brazos cruzados sobre la mesa y la mejilla apoyada sobre ellos.
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