Caminaba alegre como hacía siempre; iba y venía sin pensar demasiado, incluso a veces, cantaba para sí en las noches obscuras en que se deslizaba por callejones solitarios. Hoy no era diferente, con paso lento y casi danzando, avanzó calles y calles sin que ningún pensamiento la atacara; era feliz, ello estaba fuera de toda duda.
No importaba si no sabía quién era ni de dónde venía, tenía gente que la quería, más de lo que podía decir de muchas personas en su situación actual. Alguna que otra persona la observaba ceñuda a su paso; porque a pesar del viento frío que silbaba en sus oídos contra sus zarcillos de oro, incrustados de diamantes que apenas y brillaban, diminutos, en sus orejas; ella caminaba como si nada, sonrisa a flor de labios y las manos cruzadas en la espalda.
Tenía el cabello negro, cortito y rizado, revuelto por el viento, y usaba unos pantalones negros ajustados, una blusa de un azul intenso, de una tela delgada y ligera que se pegaba contra su abdomen cuando el aire arreciaba. ¿Qué pensarían de ella? Sola y sonriente, caminando por calles desiertas mientras el viento la azotaba helando sus mejillas sonrosadas ¿Qué estaba loca, perdida, drogada?
En realidad no importaba; porque no sentía demasiado frío ni le gustaba cargar ropas pesadas, y además, adoraba el viento frío que la azotaba, como si desease apartarla del camino. Adoraba la adormecedora sensación que producía después de cierto tiempo al aire libre, aquel leve entumecimiento de sus miembros.
Amaba aún más aquel cielo parcialmente nublado, con sus nubes de un azul sombrío que amenazaban con tormenta pero que rara vez cumplían, y las aves confiadas que volaban sólo cuando estaba lo suficientemente cerca como para pisarlas. Todos los días caminaba por las mismas calles abandonadas, cuyo delicioso silencio devoraba paso tras paso evitando pensar.
Aquel era su secreto; una existencia sin complicaciones, sin grandes dificultades, sin darle mucha vuelta a las cosas. Hablaba para sí misma porque en realidad la única persona capaz de comprenderla era ella misma; aunque estaba segura de que antes, en alguno de sus momentos perdidos hubo alguien que la había amado tanto como para intentarlo de veras.
Pero no quería pensar en ello por demasiado tiempo. Era doloroso ver aquella cicatriz de un rosa intenso contrastar con la piel blanca de su delicado cuello; incluso había pensado en dejarse crecer el cabello para cubrirla, pero le agradaba no tener que pelearse con el espejo cada mañana, intentando salir con el peinado perfecto a la calle.
Tampoco es que le importara mucho su apariencia. John decía que era muy bonita; pero John siempre era lindo con ella, incluso a veces molesto. Y aunque en realidad no le gustaba mucho pensar en su apariencia, tenía que aceptar que no le desagradaba en absoluto.
Pero tampoco hacía nada por mejorarla; Nicole la regañaba a veces por no usar la ropa que Lucius compraba para ella, ropa de boutiques de Nueva York, de Londres y de París que ella recibía con una sonrisa y amontonaba en su closet, casi siempre sin sacarla de las bolsas y las cajas en que venía; no era una “muñeca de porcelana a quien vestir”, según sus propias palabras para con Nicole.
Y en realidad prefería pasar desapercibida. Usaba jeans ajustados, camisetas de colores o estampadas y sudaderas con capucha o chaquetas de mezclilla siempre que podía; y a veces, cuando cedía mínimamente a las peticiones de Lucius o de Nicole, usaba sacos cortos y cazadoras de solapas estrechas y zapatos de tacón; pero por lo general era usual verla con un par de tenis o unas botas industriales que estaban bastante desgastadas por el uso constante.
A John todo lo anterior le causaba muchísima gracia. En realidad no era porque la entendiera, sino que según él no podía imaginársela usando vestidos de seda y zapatos de raso con tacones de aguja, ni dejando una estela de perfume a su paso. Y ella se reía mucho también, pero le dolía que John fuera incapaz de comprender sus razones, porque estaba casi segura de que eran las mismas que las suyas.
Se detuvo de pronto. Sobre de ella, las flores de jazmín derramaron su polen, dejándole una mancha amarilla sobre el hombro que no pudo sacudirse por más que lo intentó; y mientras desistía de su idea de quitarse el polen de encima, una sonrisa inocente asomó a sus labios al ver un grupo de colibríes que se alimentaban de los jazmines, a unos cuantos centímetros de su rostro, inconscientes de su presencia.
Colibríes… había algo sobre los colibríes, una idea sobre la forma en que sus pequeñas alas parecían ser invisibles y sus minúsculas plumas relucían con los rayos de luz que llegaban hasta ellas, un sentimiento en realidad, algo que poco a poco tomaría la forma de un recuerdo si ella lo dejaba tomar fuerza, y no quería; o ¿tenía quizá mucho que ver con los jazmines y nada con los colibríes? Apartó la mirada de ellos y cerró los ojos; cuando volvió a abrirlos, ya no estaban ahí.
Soltó un suspiro y echó a andar de nuevo; sólo dos calles más, entonces estaría en casa, con el inevitable ruido que hacían sus habitantes. Apretó los labios hasta que formaron una fina línea sobre su rostro; amaba a aquella gente, porque la habían aceptado como si fuera de la familia y ella había aprendido a quererlos como si de verdad lo fueran; pero el silencio y el viento la hacían sentir tan bien…
Dio la vuelta en una esquina y subió dos calles más; aún no anochecía, tal vez podría quedarse afuera un poco más, al menos hasta que anocheciera, sólo un poco, hasta que el cielo tomara su habitual tinte marrón de matices purpúreos.
Para cuando llegó a su casa ya había obscurecido por completo, y antes de que sacara las llaves de su bolsillo un haz de luz se derramó sobre su rostro cuando la puerta se abrió; Lucius la miró muy serio y ella se encogió de hombros, esbozando una sonrisa tímida, con las manos en los bolsillos del pantalón mientras se encaminaba hacia él.
“Hola linda”, le dijo con una cálida sonrisa mientras ella pasaba a su lado; “me tenías preocupado, estaba a punto de ir a buscarte;” y cerró la puerta a sus espaldas, cortando la corriente de aire frío que sacudió las hojas de las plantas en sus tiestos decorativos de las esquinas de la sala.
“Perdón”, su sonrisa era franca y sólo provocó otra sonrisa como respuesta; sacudió la cabeza y la miró como si la viera por primera vez “Nico te está esperando allá arriba, John está con ella” y aproximó el rostro como un niño pequeño, cuando ella le besó la mejilla, rozando su pelo largo.
Le gustaba el pelo de Lucius, era un pelo largo y bonito, de un rubio cenizo, muy lacio que caía siempre sobre las solapas de su saco como si de hebras de oro fino se tratase; contrastando con sus ojos pardos y hundidos y su boca sonriente; a ella siempre le había parecido una contradicción visual, un vikingo con traje de lino a rayas, siempre amable y sonriente.
Era bastante atractivo como para ignorarlo, y demasiado amable como para no sentir simpatía por él casi al instante.
Él se encaminó hacia la biblioteca, desde la cual llegaba suavemente uno de los valses de Chopin; y ella se sorprendió a si misma detenida en la escalera, con los ojos cerrados y los labios estirados, la cabeza ladeada mientras escuchaba, recordando que había aprendido a amar y apreciar la música clásica gracias a él.
“¡No te quedes en la escalera y sube!”, gritó él, afable, desde dentro de la biblioteca; “Nico se debe estar desesperando”; y ella sonrió de nuevo soltando un suspiro antes de subir apresurada las escaleras, usando sólo las puntas de los pies, como si no deseara que la escucharan.
El piso superior de la casa comprendía las habitaciones, un estudio y una terraza que daba hacia la ciudad, todo dispuesto en un conjunto de pasillos con barandas que daban hacia la piscina interior, que se ubicaba bajo un enorme tragaluz; cuando no salía, le gustaba pasar la tarde recostada en un diván o el sofá, observando las luces nocturnas de la ciudad desde aquella terraza.
Nicole estaba en su habitación, sentada en un sofá junto a un par de estanterías con libros de arte y manuscritos olvidados, en la pared al otro lado del enorme ventanal que daba al jardín; más que una simple recámara, parecía una suite de hotel.
Tenía aquel toque simple y falto de color que tenían las cosas de hoy en día, pues casi todos los muebles eran blancos y de líneas sencillas. John estaba sentado junto a ella, en otro de los sillones blancos de cuero que estaban dispuestos en torno a una diminuta mesita de cristal donde había un sencillo recipiente transparente con una orquídea de un blanco deslumbrante y puntitos rosas.
Se sentó en un enorme almohadón, por que John estaba tendido a todo lo largo del sillón y la miraba, ausente, antes de voltear de ver a Nicole de nuevo; “¿caminatas solitarias otra vez?” Notó el interés centellear en sus grandes ojos somnolientos, unos ojos que le recordaban a alguien más, aunque no sabía exactamente a quién.
Ella asintió sin mirarlo mientras se levantaba y se acostaba boca abajo sobre la mullida alfombra, cruzando los brazos sobre el almohadón y apoyando la barbilla en ellos “¿para que soy buena Nico?” sus ojos se posaron en la enorme ventana a través de la cual se podían ver las nubes con su tenue resplandor amarillento.
“Aún no lo sé”, contestó ella mientras estiraba los brazos hacia arriba, con los dedos entrelazados sobre la cabeza; y después sonrió, igual que Lucius, franca y cariñosa.
Nicole Simmons era una mujer diminuta que, a pesar de su propia creencia era bastante femenina; aunque fumaba hasta dos cajetillas de cigarros al día, y usaba casi siempre unos guantes negros de exquisita cabritilla; su delgada silueta se marcaba aún a pesar de usar trajes sastre, y nunca usaba zapatos que no tuvieran tacón alto, quizá por algún complejo sobre su estatura.
Tenía el andar de una modelo y los modales más refinados; hasta cuando se enojaba era una delicia verla en acción.
Ella frunció el ceño cuando escuchó a los dos soltar un par de carcajadas, y miró malhumorada durante un par de segundos a John, que ahora permanecía tendido en el sillón con una amplia sonrisa en labios, mirándola fijamente.
“Perdón Lena, sabes que es broma”, y cerró los ojos, haciendo que pareciera un ser de piedra lisa y reluciente con ropas modernas y sencillas.
Que decir sobre John Bradford. A diferencia de su hermano Lucius, éste llevaba el cabello corto, que era de un castaño obscuro y le caía al descuido sobre la frente; tenía un rostro exquisito, por no decir casi perfecto; una nariz fina y recta, aunque quizá demasiado larga, unas cejas rectas de un castaño obscuro y unos profundos ojos verdes, cobijados bajo unas espesas pestañas.
Tenía una boca pequeña y una sonrisa generosa que dejaba ver unos dientes blancos y perlados muy a menudo.
Sin embargo, por más atractivo que fuera, algo en él la alejaba inconscientemente, como si John Bradford tuviese un secreto obscuro e importante que formara parte de su pasado; cosa que era más que imposible, porque John había llegado a aquella casa después que ella.
“¿Qué?” preguntó John, fijando sus ojos, de un verde brillante en ella; “acaso te enamoraste de mí”, y su sonrisa fue decididamente maliciosa cuando la vio sonrojarse y mirarlo enojada; “Quisieras”, le dijo mientras le enseñaba la punta de la lengua con el ceño fruncido, haciendo una carcajada estallar en voz de él.
“Basta niños, ¿quieren que los castigue?,” interrumpió Nicole bastante divertida, aunque ello no hacía que dejara de lado su habitual actitud cautelosa.
Ella lo notó; por que inmediatamente se puso seria, y le preguntó de nuevo; “Y bien Nico, ¿para qué querías verme?”
Hablaron y rieron todavía durante un par de horas, a veces las dos, y cuando John salía de su letargo, los tres, hasta que a ella la venció el sueño, y John tuvo que llevarla a su habitación.
“No te preocupes”, le susurró al oído con mucha dulzura; “cuando todo termine estaré contigo”, y la depositó con mucho cuidado en la cama, cubriéndola con el cobertor mientras se cuidaba de no despertarla; pero ella abrió los ojos, sólo para darse cuenta de que estaba en un lugar extraño, una de esas habitaciones antiguas con paneles de madera y papel tapiz de sobredorados.
Un lugar que parecía extrañamente familiar, con la imponente cama de dosel, las sillas antiguas y las lamparitas de las paredes, con sus exquisitas cuentas de cristal reluciendo de un modo encantador, una ensoñación perfecta, dolorosa y encantadora; como el rostro de aquel muchacho que la miraba, parado en el quicio de la puerta, con la expresión angustiada y sus ojos plateados, carentes de todo matiz.
Lo conocía ¿no? Su cabello rizado, sus ojos grises y aquella boca tan bonita, que últimamente sonreía cada vez menos; “te estás muriendo”, dijo con voz temblorosa; “¡te estás muriendo y yo no puedo hacer nada por evitarlo!” pero ella no le prestaba atención, miraba hacia fuera, al cielo violeta, y las diminutas estrellas, que se escondían bajo aquellas nubes que resplandecían con su blanca fluorescencia sobre el horizonte, una línea abrupta y zigzagueante de montañas y volcanes.
“No quiero verlo”; pero el sueño no paraba y ella estaba atrapada dentro, forzada a ver al muchacho de los ojos plateados sufrir mientras ella languidecía en la cama, mirando ausente a las rosas del jarrón; unas rosas enormes y fragantes, cuyo delicioso aroma la envolvía y adormecía.
“¿Quién es?”, se sentía ansiosa y desesperada, por que el joven la miraba sin decir palabra, como si fuera consciente de que alguien lo espiaba detrás de los ojos de la mujer a quien miraba con pena. Pero no era cierto; y ella lo sabía, porque aquella habitación, con sus delicados detalles, sus elegantes muebles y aquel muchacho, dueño de una belleza tal que resultaba auténticamente andrógina, resultaban tan abrumadores que no podían ser sino una ilusión.
Una que seguía su curso, y con cada segundo que pasaba se volvía más tangible e hiriente, mientras ella intentaba convencerse momento a momento de que no era más que un simple sueño.
“John, ¿dónde estás? ¡Sácame de aquí! ¡No quiero verlo! ¡No puedo verlo sufrir así!” Pero fue inútil, el muchacho se sentó a su lado y tomó una de las manos de aquel cuerpo sin vida con mucha delicadeza, parecía que sonreía ¿no?; sí, una sonrisa bonita, aunque falsa.
Pudo incluso sentir la tibieza de aquella piel, y entonces escuchó una voz, una voz como la suya, pastosa y débil, “no se puede hacer nada para cambiarlo ¿o sí?; es un hecho inevitable que muera, porque no existe algo como la inmortalidad” ¿Era ella quien hablaba? De verdad quería irse, quería seguir con su vida, vivir como todos los días, inconsciente y feliz, sin pensar realmente mucho las cosas; y si seguía viendo esto, si recordaba -porque estaba segura ahora de que era un recuerdo-, ya no podría serlo más.
Pero todo seguía su curso; aquel recuerdo se había convertido en una de esas pesadillas donde se quiere gritar con toda la fuerza posible y a pesar de ello, no sale ni el más mínimo hilo de voz.
“Duerme June; y cuando despiertes, ya no habrá dolor”; su voz sonó grave y profunda; después posó sus labios sobre su frente, unos labios suaves y frescos. ¿Ése era su nombre? Sabía desde un principio que no se llamaba Lena, porque Lucius se lo había dicho cuando la había llevado a casa; “no sé cuál es tu nombre, pero… ya que vas a empezar de nuevo, ¿no te gustaría un nuevo nombre también?” John le había puesto Lena, y a partir de entonces, se había convertido en Lena.
“Pero entonces, ¿quién eres tú?”, pensó también que ahora le era difícil aceptar que ella había podido estar con alguien como él; alguien que se preocupara tanto por ella; porque justo unos segundos antes, ella había lanzado un tenue gemido al sentir aquella oleada de dolor golpear con fuerza en su espalda, y el joven se había vuelto a verla con presteza, con el rostro transfigurado por la angustia.
Casi era el final, podía sentirlo; poco a poco su visión comenzaba a nublarse, y escuchaba al joven cada vez más lejano y hacía más frío; se escuchó llamándolo, aunque no pudo captar su nombre, y cuando el sueño estuvo a punto de terminar, oyó de nuevo al joven con toda claridad, su voz sin una pizca de emoción diciéndole; “Nos veremos otra vez, June, porque ni siquiera la muerte es definitiva; volverás a este mundo, y cuando estés lista, iré por ti y estaremos juntos otra vez”; y ella sonreía, lo sabía, sabía que su promesa era real, de algún modo infalible y misterioso entendía que lo que él le estaba diciendo ahora era cierto; porque aún cuando todos sus sentidos se hubieran apagado por unos segundos, ahora se encontraba libre, como parada al borde del abismo.
Un abismo, que locura, considerar la muerte como un barranco que debía sortear para poder estar con el joven de los ojos plateados. Y lo quería, quería estar con él; ver la luz bailotear en sus ojos plateados, como dos gotas de mercurio reflejando la luz a su alrededor; aspiró hondó, se dio la vuelta y cerró los ojos; entonces, con mucha delicadeza, abrió los brazos y se dejó caer en picada.