17
dic
08

13.2

El aire hizo que le ardiera la garganta, tosía mucho, en una pugna constante por expulsar el aire que aspiraba, que la dañaba demasiado, dejándola convertida en un ser febril y diminuto, encogido en una camilla en el pasillo de urgencias.

Lucius sostenía su mano, que lucía diminuta y frágil; y Nicole la observaba muy seria, recargada en la pared al otro lado del angosto pasillo donde las enfermeras iban y venían, esquivándola como si no fuera más que un objeto decorativo; tenía un cigarrillo sin encender en la boca, adherido a su labio inferior por el brillo labial sin color que siempre usaba.

Qué fuera de lugar se veían. Lucius, el impecable vikingo, con su traje negro de lino a rayas, de cuclillas junto a ella, con su mano entre las suyas, cual niño pequeño matando hormigas con una lupa, absorto en las costuras de sus negros guantes de piel, como si lo que tuviera entre sus manos fuese un pañuelo de hilo y no la mano de su hijastra.

Y Nicole, recargada en la pared, su impecable traje gris perla manchado de sangre en el chaleco; aunque la mancha era apenas visible por que llevaba el saco cerrado hasta arriba, con la mirada ausente, fija en Lucius; la impasible modelo, con sus ropas de hombre, tan distinta de las mujeres a su alrededor, inclusive de ella, que la miraba intentando distraerse de los espasmos que la atacaban otra vez.

John Bradford la espiaba desde el conjunto de bancas de un feo plástico azul, sus largas piernas lo más encogidas posibles, aunque cruzadas, igual que sus brazos. Éste último la sorprendió; no usaba sus ropas habituales, sino unos pantalones de un gris obscuro; el abrigo negro abotonado hasta arriba, cubriéndole medio rostro, y sus ojos apenas visibles entre los mechones desordenados de su cabello.

¡Qué distintos lucían los tres en conjunto! Como sacados de una de esas publicaciones donde sólo se habla del diseñador de moda, de las elegantes fiestas en las grandes ciudades y el último rumor sobre el artista del momento; forzados a convivir con hoscas enfermeras y noctámbulos heridos, todo gracias a ella.

Lucius le apretó la mano suavemente y le susurró al oído; “sé que me oyes linda, todo va a estar bien, íbamos a la ópera y chocamos; el auto impactó de tu lado; pero no te preocupes, todo va a estar bien, te lo prometo.” Su voz era suave y tranquilizadora; y ella abrió los ojos y asintió; miró hacia la pared, Nicole no le quitaba los ojos de encima.

¿La ópera? ¿Qué no acaso se había quedado dormido mientras platicaba con Nicole y John? No, le dijo Lucius, habían platicado, si, pero para elegir la ópera que irían a ver en la noche; y mientras conducían por la autopista, un auto los había impactado, Nicole ya había sido atendida, de ahí la mancha en su traje; y él se había golpeado la cabeza; “nada grave,” le dijo con su típica sonrisa, sedante y alegre.

Pero Lucius… su radiante sonrisa no lograba opacar por completo la visión de la camisa, acartonada por la sangre, y su largo cabello, que estaba marrón y apelmazado por la misma causa.

Y en cuanto ella intentó levantarse de la camilla notó su visión borrosa y el modo en que todo se movía a su alrededor; sin embargo, pudo ver correctamente el costoso vestido de seda sin mangas, la exquisita joyería y sintió sus pies dolorosamente aprisionados en los zapatos de tacón de aguja, todo seleccionado previamente por Nicole con toda seguridad.

John la detuvo antes de que tocara el suelo. Ni siquiera escuchó el estruendo que hizo la camilla al golpear el suelo, porque todo carecía de sonido ahora, ahogado por el intenso pitido que llenaba sus oídos; aunque que veía a John mover los labios y notaba su mirada de preocupación y a las enfermeras recelosas y muy atentas, susurrando (al menos así le parecía) al fondo del pasillo, desde su mostrador.

Era como escuchar una pieza musical proveniente de una película y ser capaz de separarla de la misma, ignorar de que escena procedía y no escuchar nada más que la emoción que fluía con la melodía; entender nada más que el sentimiento, y vivirlo, sin atarlo a una situación en específico.

Y ahí estaba ella, aturdida y ricamente vestida, sin saber que hacía en una sala de emergencias, con el vestido de seda y sus elegantes compañeros completamente fuera de contexto; todos y cada uno de ellos.

Poco a poco comenzó a escuchar normalmente. Notó la airada conversación de las enfermeras, prendadas sin motivo alguno de la seductora apariencia de John, a pesar de que sólo eran capaces de ver sus ojos de jade a través de la rendija de su abrigo y sus cabellos; y de Lucius, aquel “joven tan amable de acento exótico”. Una sonrisita asomó a sus labios; y miró a John, que la observaba ceñudo, sin prestar atención a nada más mientras Lucius levantaba la camilla, preparándola para que la recostaran de nuevo en ella.

“No hay necesidad,” dijo por fin, con la voz muy suave; “ya estoy despierta.” Se miraron un segundo entre ellos, hasta que Lucius asintió discretamente y John la sentó con mucho cuidado en la silla junto a la que había estado ocupando previamente, acomodando con mucha paciencia sus manos sobre el regazo y sosteniéndole la cabeza como si temiera que fuese a desprenderse.

Quizá sólo lo dejó hacerlo para molestar a las enfermeras más jóvenes, que la miraban de mal modo, su atención yendo de su vestido de diseñador a John, que ahora se desprendía de su abrigo para pasarlo sobre sus hombros, y llevar su cabeza suavemente a su hombro.

“¿John?”, inquirió ella con la voz lo más baja posible, sin intentar levantar la cabeza de su hombro, consciente de que sería nada más que un intento inútil. “¿Hm?,” respondió él que miraba muy atento hacia Nicole, como si temiera que de pronto fuera a desaparecer; aunque de inmediato volteó a mirarla; “¿Por qué estamos aquí realmente?” Y John quedó desarmado.

Miró instintivamente a Lucius, esperando que éste pudiera darle una respuesta; pero él estaba ocupado observando las grietas en el descuidado piso de cemento aplanado, como si nada más importara; y por fin tomó un respiro y contestó con una sonrisa “Entonces ya te diste cuenta… estamos aquí porque Nicole necesitaba atención médica; ya sabes, Lucius siendo doctor puede agilizar algunas cosas, pero no todas.”

Ella asintió. Sabía perfectamente que la sangre en el cabello y la camisa de Lucius no eran de él; lo había… olido; era la expresión correcta, aquel aroma que parecía sacar de sus casillas a John y a Lucius, el mismo que asqueaba a Nicole y a ella le era indiferente; un olor extraño, distinguible por sobre todas las cosas y que podía resultar extremadamente tentador.

22
nov
08

13: Caminatas Nocturnas

Caminaba alegre como hacía siempre; iba y venía sin pensar demasiado, incluso a veces, cantaba para sí en las noches obscuras en que se deslizaba por callejones solitarios. Hoy no era diferente, con paso lento y casi danzando, avanzó calles y calles sin que ningún pensamiento la atacara; era feliz, ello estaba fuera de toda duda.

No importaba si no sabía quién era ni de dónde venía, tenía gente que la quería, más de lo que podía decir de muchas personas en su situación actual. Alguna que otra persona la observaba ceñuda a su paso; porque a pesar del viento frío que silbaba en sus oídos contra sus zarcillos de oro, incrustados de diamantes que apenas y brillaban, diminutos, en sus orejas; ella caminaba como si nada, sonrisa a flor de labios y las manos cruzadas en la espalda.

Tenía el cabello negro, cortito y rizado, revuelto por el viento, y usaba unos pantalones negros ajustados, una blusa de un azul intenso, de una tela delgada y ligera que se pegaba contra su abdomen cuando el aire arreciaba. ¿Qué pensarían de ella? Sola y sonriente, caminando por calles desiertas mientras el viento la azotaba helando sus mejillas sonrosadas ¿Qué estaba loca, perdida, drogada?

En realidad no importaba; porque no sentía demasiado frío ni le gustaba cargar ropas pesadas, y además, adoraba el viento frío que la azotaba, como si desease apartarla del camino. Adoraba la adormecedora sensación que producía después de cierto tiempo al aire libre, aquel leve entumecimiento de sus miembros.

Amaba aún más aquel cielo parcialmente nublado, con sus nubes de un azul sombrío que amenazaban con tormenta pero que rara vez cumplían, y las aves confiadas que volaban sólo cuando estaba lo suficientemente cerca como para pisarlas. Todos los días caminaba por las mismas calles abandonadas, cuyo delicioso silencio devoraba paso tras paso evitando pensar.

Aquel era su secreto; una existencia sin complicaciones, sin grandes dificultades, sin darle mucha vuelta a las cosas. Hablaba para sí misma porque en realidad la única persona capaz de comprenderla era ella misma; aunque estaba segura de que antes, en alguno de sus momentos perdidos hubo alguien que la había amado tanto como para intentarlo de veras.

Pero no quería pensar en ello por demasiado tiempo. Era doloroso ver aquella cicatriz de un rosa intenso contrastar con la piel blanca de su delicado cuello; incluso había pensado en dejarse crecer el cabello para cubrirla, pero le agradaba no tener que pelearse con el espejo cada mañana, intentando salir con el peinado perfecto a la calle.

Tampoco es que le importara mucho su apariencia. John decía que era muy bonita; pero John siempre era lindo con ella, incluso a veces molesto. Y aunque en realidad no le gustaba mucho pensar en su apariencia, tenía que aceptar que no le desagradaba en absoluto.

Pero tampoco hacía nada por mejorarla; Nicole la regañaba a veces por no usar la ropa que Lucius compraba para ella, ropa de boutiques de Nueva York, de Londres y de París que ella recibía con una sonrisa y amontonaba en su closet, casi siempre sin sacarla de las bolsas y las cajas en que venía;  no era una “muñeca de porcelana a quien vestir”, según sus propias palabras para con Nicole.

Y en realidad prefería pasar desapercibida. Usaba jeans ajustados, camisetas de colores o estampadas y sudaderas con capucha o chaquetas de mezclilla siempre que podía; y a veces, cuando cedía mínimamente a las peticiones de Lucius o de Nicole, usaba sacos cortos y cazadoras de solapas estrechas y zapatos de tacón; pero por lo general era usual verla con un par de tenis o unas botas industriales que estaban bastante desgastadas por el uso constante.

A John todo lo anterior le causaba muchísima gracia. En realidad no era porque la entendiera, sino que según él no podía imaginársela usando vestidos de seda y zapatos de raso con tacones de aguja, ni dejando una estela de perfume a su paso. Y ella se reía mucho también, pero le dolía que John fuera incapaz de comprender sus razones, porque estaba casi segura de que eran las mismas que las suyas.

Se detuvo de pronto. Sobre de ella, las flores de jazmín derramaron su polen, dejándole una mancha amarilla sobre el hombro que no pudo sacudirse por más que lo intentó; y mientras desistía de su idea de quitarse el polen de encima, una sonrisa inocente asomó a sus labios al ver un grupo de colibríes que se alimentaban de los jazmines, a unos cuantos centímetros de su rostro, inconscientes de su presencia.

Colibríes… había algo sobre los colibríes, una idea sobre la forma en que sus pequeñas alas parecían ser invisibles y sus minúsculas plumas relucían con los rayos de luz que llegaban hasta ellas, un sentimiento en realidad, algo que poco a poco tomaría la forma de un recuerdo si ella lo dejaba tomar fuerza, y no quería; o ¿tenía quizá mucho que ver con los jazmines y nada con los colibríes? Apartó la mirada de ellos y cerró los ojos; cuando volvió a abrirlos, ya no estaban ahí.

Soltó un suspiro y echó a andar de nuevo; sólo dos calles más, entonces estaría en casa, con el inevitable ruido que hacían sus habitantes. Apretó los labios hasta que formaron una fina línea sobre su rostro; amaba a aquella gente, porque la habían aceptado como si fuera de la familia y ella había aprendido a quererlos como si de verdad lo fueran; pero el silencio y el viento la hacían sentir tan bien…

Dio la vuelta en una esquina y subió dos calles más; aún no anochecía, tal vez podría quedarse afuera un poco más, al menos hasta que anocheciera, sólo un poco, hasta que el cielo tomara su habitual tinte marrón de matices purpúreos.

Para cuando llegó a su casa ya había obscurecido por completo, y antes de que sacara las llaves de su bolsillo un haz de luz se derramó sobre su rostro cuando la puerta se abrió; Lucius la miró muy serio y ella se encogió de hombros, esbozando una sonrisa tímida, con las manos en los bolsillos del pantalón mientras se encaminaba hacia él.

“Hola linda”, le dijo con una cálida sonrisa mientras ella pasaba a su lado; “me tenías preocupado, estaba a punto de ir a buscarte;” y cerró la puerta a sus espaldas, cortando la corriente de aire frío que sacudió las hojas de las plantas en sus tiestos decorativos de las esquinas de la sala.

“Perdón”, su sonrisa era franca y sólo provocó otra sonrisa como respuesta; sacudió la cabeza y la miró como si la viera por primera vez “Nico te está esperando allá arriba, John está con ella” y aproximó el rostro como un niño pequeño, cuando ella le besó la mejilla, rozando su pelo largo.

Le gustaba el pelo de Lucius, era un pelo largo y bonito, de un rubio cenizo, muy lacio que caía siempre sobre las solapas de su saco como si de hebras de oro fino se tratase; contrastando con sus ojos pardos y hundidos y su boca sonriente; a ella siempre le había parecido una contradicción visual, un vikingo con traje de lino a rayas, siempre amable y sonriente.

Era bastante atractivo como para ignorarlo, y demasiado amable como para no sentir simpatía por él casi al instante.

Él se encaminó hacia la biblioteca, desde la cual llegaba suavemente uno de los valses de Chopin; y ella se sorprendió a si misma detenida en la escalera, con los ojos cerrados y los labios estirados, la cabeza ladeada mientras escuchaba, recordando que había aprendido a amar y apreciar la música clásica gracias a él.

“¡No te quedes en la escalera y sube!”, gritó él, afable, desde dentro de la biblioteca; “Nico se debe estar desesperando”; y ella sonrió de nuevo soltando un suspiro antes de subir apresurada las escaleras, usando sólo las puntas de los pies, como si no deseara que la escucharan.

El piso superior de la casa comprendía las habitaciones, un estudio y una terraza que daba hacia la ciudad, todo dispuesto en un conjunto de pasillos con barandas que daban hacia la piscina interior, que se ubicaba bajo un enorme tragaluz; cuando no salía, le gustaba pasar la tarde recostada en un diván o el sofá, observando las luces nocturnas de la ciudad desde aquella terraza.

Nicole estaba en su habitación, sentada en un sofá junto a un par de estanterías con libros de arte y manuscritos olvidados, en la pared al otro lado del enorme ventanal que daba al jardín; más que una simple recámara, parecía una suite de hotel.

Tenía aquel toque simple y falto de color que tenían las cosas de hoy en día, pues casi todos los muebles eran blancos y de líneas sencillas. John estaba sentado junto a ella, en otro de los sillones blancos de cuero que estaban dispuestos en torno a una diminuta mesita de cristal donde había un sencillo recipiente transparente con una orquídea de un blanco deslumbrante y puntitos rosas.

Se sentó en un enorme almohadón, por que John estaba tendido a todo lo largo del sillón y la miraba, ausente, antes de voltear de ver a Nicole de nuevo; “¿caminatas solitarias otra vez?” Notó el interés centellear en sus grandes ojos somnolientos, unos ojos que le recordaban a alguien más, aunque no sabía exactamente a quién.

Ella asintió sin mirarlo mientras se levantaba y se acostaba boca abajo sobre la mullida alfombra, cruzando los brazos sobre el almohadón y apoyando la barbilla en ellos “¿para que soy buena Nico?” sus ojos se posaron en la enorme ventana a través de la cual se podían ver las nubes con su tenue resplandor amarillento.

“Aún no lo sé”, contestó ella mientras estiraba los brazos hacia arriba, con los dedos entrelazados sobre la cabeza; y después sonrió, igual que Lucius, franca y cariñosa.

Nicole Simmons era una mujer diminuta que, a pesar de su propia creencia era bastante femenina; aunque fumaba hasta dos cajetillas de cigarros al día, y usaba casi siempre unos guantes negros de exquisita cabritilla; su delgada silueta se marcaba aún a pesar de usar trajes sastre, y nunca usaba zapatos que no tuvieran tacón alto, quizá por algún complejo sobre su estatura.

Tenía el andar de una modelo y los modales más refinados; hasta cuando se enojaba era una delicia verla en acción.

Ella frunció el ceño cuando escuchó a los dos soltar un par de carcajadas, y miró malhumorada durante un par de segundos a John, que ahora permanecía tendido en el sillón con una amplia sonrisa en labios, mirándola fijamente.

“Perdón Lena, sabes que es broma”, y cerró los ojos, haciendo que pareciera un ser de piedra lisa y reluciente con ropas modernas y sencillas.

Que decir sobre John Bradford. A diferencia de su hermano Lucius, éste llevaba el cabello corto, que era de un castaño obscuro y le caía al descuido sobre la frente; tenía un rostro exquisito, por no decir casi perfecto; una nariz fina y recta, aunque quizá demasiado larga, unas cejas rectas de un castaño obscuro y unos profundos ojos verdes, cobijados bajo unas espesas pestañas.

Tenía una boca pequeña y una sonrisa generosa que dejaba ver unos dientes blancos y perlados muy a menudo.

Sin embargo, por más atractivo que fuera, algo en él la alejaba inconscientemente, como si John Bradford tuviese un secreto obscuro e importante que formara parte de su pasado; cosa que era más que imposible, porque John había llegado a aquella casa después que ella.

“¿Qué?” preguntó John, fijando sus ojos, de un verde brillante en ella; “acaso te enamoraste de mí”, y su sonrisa fue decididamente maliciosa cuando la vio sonrojarse y mirarlo enojada; “Quisieras”, le dijo mientras le enseñaba la punta de la lengua con el ceño fruncido, haciendo una carcajada estallar en voz de él.

“Basta niños, ¿quieren que los castigue?,” interrumpió Nicole bastante divertida, aunque ello no hacía que dejara de lado su habitual actitud cautelosa.

Ella lo notó; por que inmediatamente se puso seria, y le preguntó de nuevo; “Y bien Nico, ¿para qué querías verme?”

Hablaron y rieron todavía durante un par de horas, a veces las dos, y cuando John salía de su letargo, los tres, hasta que a ella la venció el sueño, y John tuvo que llevarla a su habitación.

“No te preocupes”, le susurró al oído con mucha dulzura; “cuando todo termine estaré contigo”, y la depositó con mucho cuidado en la cama, cubriéndola con el cobertor mientras se cuidaba de no despertarla; pero ella abrió los ojos, sólo para darse cuenta de que estaba en un lugar extraño, una de esas habitaciones antiguas con paneles de madera y papel tapiz de sobredorados.

Un lugar que parecía extrañamente familiar, con la imponente cama de dosel, las sillas antiguas y las lamparitas de las paredes, con sus exquisitas cuentas de cristal reluciendo de un modo encantador, una ensoñación perfecta, dolorosa y encantadora; como el rostro de aquel muchacho que la miraba, parado en el quicio de la puerta, con la expresión angustiada y sus ojos plateados, carentes de todo matiz.

Lo conocía ¿no? Su cabello rizado, sus ojos grises y aquella boca tan bonita, que últimamente sonreía cada vez menos; “te estás muriendo”, dijo con voz temblorosa; “¡te estás muriendo y yo no puedo hacer nada por evitarlo!” pero ella no le prestaba atención, miraba hacia fuera, al cielo violeta, y las diminutas estrellas, que se escondían bajo aquellas nubes que resplandecían con su blanca fluorescencia sobre el horizonte, una línea abrupta y zigzagueante de montañas y volcanes.

“No quiero verlo”; pero el sueño no paraba y ella estaba atrapada dentro, forzada a ver al muchacho de los ojos plateados sufrir mientras ella languidecía en la cama, mirando ausente a las rosas del jarrón; unas rosas enormes y fragantes, cuyo delicioso aroma la envolvía y adormecía.

“¿Quién es?”, se sentía ansiosa y desesperada, por que el joven la miraba sin decir palabra, como si fuera consciente de que alguien lo espiaba detrás de los ojos de la mujer a quien miraba con pena. Pero no era cierto; y ella lo sabía, porque aquella habitación, con sus delicados detalles, sus elegantes muebles y aquel muchacho, dueño de una belleza tal que resultaba auténticamente andrógina, resultaban tan abrumadores que no podían ser sino una ilusión.

Una que seguía su curso, y con cada segundo que pasaba se volvía más tangible e hiriente, mientras ella intentaba convencerse momento a momento de que no era más que un simple sueño.

“John, ¿dónde estás? ¡Sácame de aquí! ¡No quiero verlo! ¡No puedo verlo sufrir así!” Pero fue inútil, el muchacho se sentó a su lado y tomó una de las manos de aquel cuerpo sin vida con mucha delicadeza, parecía que sonreía ¿no?; sí, una sonrisa bonita, aunque falsa.

Pudo incluso sentir la tibieza de aquella piel, y entonces escuchó una voz, una voz como la suya, pastosa y débil, “no se puede hacer nada para cambiarlo ¿o sí?; es un hecho inevitable que muera, porque no existe algo como la inmortalidad” ¿Era ella quien hablaba? De verdad quería irse, quería seguir con su vida, vivir como todos los días, inconsciente y feliz, sin pensar realmente mucho las cosas; y si seguía viendo esto, si recordaba -porque estaba segura ahora de que era un recuerdo-, ya no podría serlo más.

Pero todo seguía su curso; aquel recuerdo se había convertido en una de esas pesadillas donde se quiere gritar con toda la fuerza posible y a pesar de ello, no sale ni el más mínimo hilo de voz.

“Duerme June; y cuando despiertes, ya no habrá dolor”; su voz sonó grave y profunda; después posó sus labios sobre su frente, unos labios suaves y frescos. ¿Ése era su nombre? Sabía desde un principio que no se llamaba Lena, porque Lucius se lo había dicho cuando la había llevado a casa; “no sé cuál es tu nombre, pero… ya que vas a empezar de nuevo, ¿no te gustaría un nuevo nombre también?” John le había puesto Lena, y a partir de entonces, se había convertido en Lena.

“Pero entonces, ¿quién eres tú?”, pensó también que ahora le era difícil aceptar que ella había podido estar con alguien como él; alguien que se preocupara tanto por ella; porque justo unos segundos antes, ella había lanzado un tenue gemido al sentir aquella oleada de dolor golpear con fuerza en su espalda, y el joven se había vuelto a verla con presteza, con el rostro transfigurado por la angustia.

Casi era el final, podía sentirlo; poco a poco su visión comenzaba a nublarse, y escuchaba al joven cada vez más lejano y hacía más frío; se escuchó llamándolo, aunque no pudo captar su nombre, y cuando el sueño estuvo a punto de terminar, oyó de nuevo al joven con toda claridad, su voz sin una pizca de emoción diciéndole; “Nos veremos otra vez, June, porque ni siquiera la muerte es definitiva; volverás a este mundo, y cuando estés lista, iré por ti y estaremos juntos otra vez”; y ella sonreía, lo sabía, sabía que su promesa era real, de algún modo infalible y misterioso entendía que lo que él le estaba diciendo ahora era cierto; porque aún cuando todos sus sentidos se hubieran apagado por unos segundos, ahora se encontraba libre, como parada al borde del abismo.

Un abismo, que locura, considerar la muerte como un barranco que debía sortear para poder estar con el joven de los ojos plateados. Y lo quería, quería estar con él; ver la luz bailotear en sus ojos plateados, como dos gotas de mercurio reflejando la luz a su alrededor; aspiró hondó, se dio la vuelta y cerró los ojos; entonces, con mucha delicadeza, abrió los brazos y se dejó caer en picada.

17
nov
08

11: Time Forgets…

Sentado en una esquina de aquel enorme estudio, examinó con calma cada uno de los rincones del  mismo; los altos anaqueles llenos de objetos de cristal, delicados y encantadores, como esculturas de hielo, los enormes libreros, con los libros que se apilaban hasta el techo… cómo pasar por alto las cortinas de terciopelo rojo de damasco y delicado encaje, el brillante suelo de parquet, y las sillas, aquellas sillas amplias y cómodas que se encontraban a ambos lados del escritorio de roble macizo.

Era un lugar bastante acogedor; y bastante más amplio de lo que recordaba, los sillones de cuero y las alfombras seguían en la misma disposición que hacía veinte años, y sin embargo los cuadros que se encontraban colgados ahora en las altas paredes de ladrillo eran modernos y rebosantes de color.

El fuego en la chimenea crepitaba suavemente, como si fuera una canción de cuna, y afuera, las estrellas brillaban igual de bellas que siempre. A lo lejos, escuchó el andar apresurado y lleno de confianza de Ananké Nyx, aquella mujer sin alma que tanto había querido.

En realidad no había cambiado; tenía aún aquellos ojos que desbordaban una inteligencia sin igual, y una boca delgada aunque bonita, que siempre esbozaba una sonrisa demasiado ambigua como para ser descifrada, y una nariz pequeña y afilada, enmarcado todo en un rostro con forma de corazón, apenas visible bajo aquel fleco enorme.

Podría haber pasado por alguna de sus hijas sin ninguna dificultad, porque aún tenía la figura de un muchacho bajo aquel traje que vestía, bien ceñido a la cintura, como si fuera un personaje sacado directamente del siglo diecinueve, con el pelo atado en la nuca con una cinta de seda color púrpura, igual que el chaleco con botones de plata.

Aquella vestimenta parecía sin duda, una mezcla sin ton ni son de antiguo y moderno. En cuanto lo vio, se acercó a él con los brazos abiertos y lo estrechó un largo rato, durante el cual él aspiró el aroma a nardos y madreselva que exhalaba su pelo, un pelo muy bonito, brillante cono obsidiana y rizado en un solo bucle que caía sobre su espalda hasta llegarle a las rodillas.

“Ethan”, dijo ella con una voz dulce, pasando la mano sobre su pelo, rehusándose a dejarlo libre. Había cambiado tanto… sin embargo, en el fondo seguía siendo Ethan, el único hombre al que no había podido poseer.

Cuanto había cambiado. Aún era apuesto; su cabello aún seguía siendo de un castaño cobrizo, que a ella le recordaba el color de las flamas que bailaban en la chimenea; y sus ojos eran profundos y vibrantes como el mar, de un color que no terminaba de ser verde ni era completamente azul; pero su rostro… había envejecido.

Aquel rostro tan bonito, cuyos rasgos fuertes resultaban bastante atractivos ahora lucía más cansado y con un poco más de arrugas, además de los tenues morados debajo de sus ojos, pero la esencia del hombre seguía estando ahí, aquella boca diminuta que invitaba a ser besada, con las comisuras de los labios casi siempre hacia abajo; y en sus ojos, aquella mirada vacía, casi suplicante que se asomaba a veces, cuando creía que nadie lo veía… “Ethan”, volvió a decir, y quizá luchó durante un segundo con la mujer insegura que vivía en algún lugar obscuro y olvidado de su alma.

El hombre la estrechó contra sí durante unos segundos. “Sí muñequita”, le susurró al oído con una voz grave y etérea de marcado acento británico. Pensó entonces en lo fácil que hubiese sido romperle el cuello, un haz de ramitas secas bajo una cubierta de tersa porcelana… era una fragilidad tan evidente que resultaba bastante tentadora.

Y ella soltó una carcajada mientras se apretaba aún más contra su pecho “lo sé, lo entiendo”. Si, lo entendía, porque durante años y años su relación se había mantenido intermitente y dañina, como un cáncer que entraba en remisión y regresaba… y sin embargo, nunca desearía no haberla conocido, no importando el daño que ambos se hubiesen hecho.

“Te extrañé tanto”, susurró ella con tono intimo y levantó el rostro para mirarlo mejor; y él sonrió; “yo también muñequita,” le susurró al oído, haciendo que ella se estremeciera de pies a cabeza, lo que lo hizo sentir culpable durante unos segundos, dado que ella seguía teniendo aquella apariencia de niña, que había sido la causante de su separación quince años atrás.

Y, sin poder evitarlo, vio a Helena, tan hermosa como siempre, con la cabellera negra y lustrosa llena de bucles meciéndose al viento, y aquel vestido que fluía libre sobre su piel… Helena, que le había quitado la dicha que le daba Ananké Nyx. “No puedes quedarte con ella”, le dijo con una voz severa y el rostro inexpresivo, a través del aura nebulosa del recuerdo; “ella no va a envejecer nunca; y ¿Qué pasará contigo cuando llegues a los cincuenta? ¿Acaso crees que ella te va a seguir queriendo cuando ya no seas ni la sombra de lo que eres ahora?”

Lo escrutó con aquella mirada tan profunda que tenía, tratando de sembrar la duda en él para después voltear a mirar el cielo; “Sí,” contestó él con firmeza, sin dudar ni un segundo, “lo hará por que la quiero, más de lo que pueda llegar a querer a cualquier otra persona;” y ella volteó a mirarlo, con sus hermosos ojos pardos encendidos durante un momento por lo que parecían celos, “¿incluso más de lo que me quisiste a mí?”

Pero Helena se desvanecía en el momento justo en que abría de nuevo la boca, mientras intentaba responder a aquella pregunta, a la que quizá aún ahora no tuviera respuesta.

“Qué tontería,” pensó, y se cubrió el rostro con ambas manos, con el dolor que aprisionaba su corazón, ¿por qué había ido ahí? ¿No había sido suficiente el dolor que le había causado saber que Ananké tenía ahora tres hijas, que había seguido adelante, convirtiéndolo a él en nada más que un simple recuerdo placentero? ¿Acaso en verdad tenía que responder a aquella estúpida pregunta después de tantos años?

Sabía la respuesta a todas esas cosas, sabía de alguna manera que Ananké nunca lo había olvidado, aunque le hubiesen dicho lo contrario, aunque ahora tuviera hijas y nietas, ella nunca lo había olvidado ni había siquiera intentado, como claramente había hecho él; y sí, tenía que buscar a Helena, para decirle, con quince años de retraso que sí, que amaba más a Ananké de lo que la había amado a ella, y que aún quince años después, ella seguía amándolo a él.

Había sido una imprudencia dejar que los recuerdos fluyeran libres en su mente, y lo sabía, porque sabía demasiado bien lo que alguien como Ananké podía hacer.

Ahora era demasiado tarde, aquella mujer diminuta cuyo rostro seguía siendo el mismo aún después de muchos años, se había alejado de él, dirigiéndose al enorme ventanal que daba a la terraza, y lo había abierto, haciendo que el aire frío entrara y regara por todos lados los papeles en su escritorio y sacudiera las pinturas mientras ella salía al aire nocturno, con un gesto sombrío manchando su deslumbrante belleza.

“Entonces, ¿fue Helena?”, aunque su pregunta sonó más como una afirmación. Y él salió a reunirse con ella a la terraza, que dominaba la mayor parte de la imponente villa Nyx, aquel lugar enorme y atemporal que lo sorprendió por completo como si fuera la primera vez que la veía; porque aún en aquella noche bastante obscura, se revelaba más extenso que en sus sueños o sus recuerdos.

Tardó aún unos segundos más en responder, mientras intentaba liberar su corazón aprisionado por los sollozos de ella; “no”, dijo al fin, intentando esconder sus recuerdos, y ella volteó a verlo, como años antes, cuando le había avisado que se marchaba. “yo sólo me quité del camino para no estorbarte ni a ti, ni a Gabrielli.”

No sonó tan convincente como esperaba, porque ella lo escrutó durante unos segundos, seria y pensativa, una mujer adulta atrapada en una magnífica adolescencia.

“¿Gabriel? ¿Qué tiene que ver Gabriel en esto?”, ladeó la cabeza, como un niño intentando comprender durante su primer acercamiento al arte, los ojos vidriosos brillando a la luz de la luna, que complementaba el delicioso resplandor que llegaba desde el estudio, y ello lo dejó atónito.

“Gabriel y tu… ya sabes, ¿Hahne?”, levantó mucho las cejas, sorprendido y asustado de decir por primera vez y en voz alta la causa de una separación tan larga y dolorosa. “ah”, respondió ella, sin prestar mucha atención, recargando la espalda en la baranda de mármol florentino, con una mano apoyada en ella y la otra que retiraba un mechón y lo llevaba detrás de su oreja, el bucle de su espalda ondeando al viento.

“Gabriel es demasiado joven para ser su padre,” soltó sin darle mucha importancia, aunque la tenía en realidad; mientras él la miraba, encantadora como siempre, con su belleza etérea y su voluntad férrea creada a fuerza de su abandono.

Ella sonrió sardónica, mirándolo fijamente durante un instante, revelándole una horrible verdad, que la mujer que él había amado y añorado desaparecía poco a poco ante sus ojos.

“Sí,” susurró ella con una voz sin emoción, “ha pasado tanto tiempo…” soltó un suspiro, limpiándose las lágrimas del rostro con el dorso de las manos, a pesar de que ya casi estaban secas; mientras ponía una expresión que él nunca pensó ver en su rostro, una expresión dura, como la de Helena, la otra mujer a quien tanto había amado, la mujer que lo había llevado hasta ella.

“Helena está muerta”,  suspiró ella con alivio, y después siguió hablando “y por eso yo tuve que quedarme aquí, atrapada para siempre en la villa Nyx, que poco a poco se ha ido convirtiendo en mi hogar mientras la soledad poco a poco se tragaba mi alma.”

Él cerró los ojos, intentando no ver más aquel rostro que lo hería tanto a pesar de todo el amor que sentía por ella, “pensé que con el tiempo me olvidarías, que serías feliz, que por fin podrías convivir con tu familia si yo no estaba aquí;” abrió los ojos, ella lo miraba con verdadero interés, prestando mucha atención a sus palabras; “ya sabes, lo que dicen, el tiempo lo cura todo.”

Y ella se acercó a él, de nuevo, su cabello flotando a su alrededor, con la tenue fluorescencia de su piel que la hacía encantadora e irresistible sumiéndolo poco a poco en un hechizo del que le costaba tanto trabajo salir; hasta que llegó junto a él y apoyó su mejilla contra su pecho y su  mano sobre su hombro. “Una, trampa,” se dijo, “todo esto no es más que una trampa y tú has venido a caer en ella.”

Pero no se resistió. Pasó los brazos alrededor de su cintura y bajó el rostro hasta que rozó su cabello fragante y apenas y la escuchó decir “el tiempo olvida, Ethan; yo no lo hago, nunca te olvidé… tal vez por eso mi estadía aquí ha sido tan dura.” “Lo siento”, suspiró él, con la horrible certeza de que algún día, iba a morir entre sus brazos.

Y con una mirada llena de odio, observó durante un segundo a aquella mujer que los veía fijamente desde el jardín, una mujer idéntica a Helena Nyx.

12
nov
08

10: Dannae

“¡Vamos, avancen más rápido!”, pensó mientras miraba el tráfico reanudarse al cambiar la luz del semáforo, haciendo el motor de su auto rugir, lista para tomar la desviación de la autopista. La mujer a su lado, una mujer prácticamente idéntica a ella a excepción de los ojos pardos y el corte de cabello, reía muy discretamente con la mano sobre el rostro, tapando sus labios.

“Cálmate”, dijo la mujer de los ojos pardos, y la ella pareció serenarse sólo un poco, aunque la mueca de obvio disgusto no abandonó su rostro mientras volanteaba a un lado y otro, con la mirada yendo alternativamente del retrovisor al parabrisas; “nadie nos sigue”, continuó la otra soltando un suspiro mientras alargaba la mano hacia el estéreo, “no hay necesidad de que lo compruebes, Elle dijo que todo iba a salir bien”

La otra no contestó, siguió con la vista fija en el parabrisas, acelerando cada vez más ahora que ya se encontraba en la autopista, mientras sorteaba sin mucha dificultad los autos que dejaba atrás. Rápido, más rápido, tenía que llegar a aquella asquerosa ciudad colonial que se caía a pedazos antes del anochecer, y no estaba segura de que fuera lo suficientemente a tiempo, a pesar de que así se lo habían asegurado.

¿Qué era lo que su hermana había visto a una ciudad vieja y maloliente como esa? Una ciudad donde las paredes se caen a pedazos al más simple roce, donde las calles adoquinadas del centro siempre lucían sucias y abandonadas, donde la gente vivía hacinada en casonas cuyas vigas de madera podrida apenas soportaban el peso de los techos antiquísimos.

En lo personal prefería las modernas ciudades de Estados Unidos, con sus edificios de acero y cristal elevándose como monstruos imposibles sobre el horizonte despejado. A su lado, escuchó a su otra hermana, apenas capaz de contener la risa.

Ella lo comprendía. Y ella apretó los labios en señal de desaprobación; ante lo cual su hermana calló inmediatamente, cruzando las manos sobre su regazo, como una niña pequeña que había sido reprendida.

Aún le quedaba mucho por aprender. Aún cuando posiblemente nunca tuviese que hacerse cargo de ningún asunto relacionado con Nyx Corp., era esencial que ella entendiera como se manejaba la familia Nyx en todos esos aspectos; Dannae lo sabía, mejor que nadie, mejor incluso que ella misma.

Y era quizá por ello que le guardaba un poco de rencor, después de todo, ¿no era ella la mayor de las tres hermanas, la más indicada para suceder a su madre? Sin embargo a su madre no le había parecido así o nunca había terminado de convencerse de ello. Al menos no hasta que Dannae estuvo lejos y embarazada.

En realidad no entendía muy bien por qué había decidido renunciar a su familia de un modo tan abrupto. Era cierto que su madre le presionaba de un modo más evidente que a ella o a Hanel, su hermana menor quien se encontraba sentada junto a ella ahora mismo, pero  ¿qué acaso no se quejaba siempre de la ausencia de su madre? Con su carácter empalagoso y melancólico, como si una nube colgara siempre sobre ella. Le disgustaba su conformismo, porque ella siempre ponía su mayor esfuerzo para poder obtener el favor de su madre, para demostrarle que podía ser digna de dirigir la compañía.

Sin embargo su hermana no apreciaba ninguno de los gestos de buena voluntad de su madre; cuando la había mandado a estudiar economía a Harvard, o cuando la envió al MIT a estudiar robótica… todo lo había aceptado con la más horrible pasividad; en su rostro no había centelleado la más mínima chispa de entusiasmo.

Le disgustaba aún más que su rostro siempre luciera taciturno, con aquellos enormes ojos azules que tanto le gustaban a los demás, aquellos ojos que eran quizá demasiado grandes para su rostro; un rostro aniñado que sin embargo siempre lucía una expresión mezquina y amenazante aunque nadie parecía notarlo… tal vez poner una cara así era un hábito adquirido de sus días en los incontables internados militares a los que había asistido.

A ella en realidad le parecía que su hermana estaba muerta desde hacía tiempo. Nunca salía fuera de la villa Nyx, a menos que fuera estrictamente necesario, tampoco le hablaba a nadie a menos que necesitara comunicar o pedir algo urgentemente. Y el modo en que miraba hacia la nada… como si temiera que en cualquier momento alguien pudiese aparecer con un arma y matarla.

A  los demás se les hacía de lo más normal “es la educación de un soldado estar siempre alerta”; pero su hermana no estaba alerta, estaba temerosa de todo y todos; la oía sollozar delicadamente en las noches de luna llena, aunque ella creía que nadie lo sabía.

¿Qué era lo que la motivaba a actuar así? ¿Acaso no le eran suficientes el lujo que la rodeaba  y el cariño de todos cuantos trabajaban con su madre? Su madre siempre la presentaba como su sucesora, cosa que a ella la hubiese dejado más que satisfecha, pero Dannae siempre asentía con la mirada ausente, sin siquiera sonreír.

Alguna vez, cuando recién se había graduado de la academia militar, le había preguntado si estaba mal que aspirara a ser feliz; ella nunca entendió la pregunta, porque a su parecer, tenía todo lo que quería, una beca para Stanford, un lujoso departamento, un reluciente Bugatti plateado; su hermana torció los labios, desvió la mirada de ella como si de pronto la hubiese encontrado repulsiva y dijo “quizá si está mal”. No volvió a hablar con ella hasta tres meses después de que hubiese regresado de Stanford.

Al principio no la reconoció. De las tres, su hermana era la que más se parecía a su madre. Y la más diferente; pensó que era su madre, deslumbrante como una azucena floreciente, y fragante como una orquídea… aquella ya no era la Dannae Nyx que le daba pena. De algún modo, su aura seguía siendo sombría pero aún más amenazadora que antes, frente a ella, le daban ganas de echarse a correr.

¿Qué era lo que le había ocurrido? ¿Acaso de pronto se había dado cuenta de que lo tenía todo?  En el fondo de sus profundos ojos, Dannae seguía siendo la misma niña asustada que había regresado a su hogar en la villa Nyx una tarde lluviosa de Febrero, abrazada fuertemente del brazo de Christian Gabrielli.

Su horrible pasividad seguía estando ahí. Y ahora además, parecía que le daba asco tocar a otras personas, incluso las de su familia, incluso su adorado Christian Gabrielli, a quien había contado todos sus secretos, y que ahora se revelaba como el factor de cambio en Dannae. Cierto, la niña asustadiza que ella tanto odiaba dormía aún en el fondo de su hermana Dannae, pero se había convertido en una empleada eficiente y disciplinada para su madre.

Por eso le sorprendió cuando Christian le dijo abatido que se había ido. Aún más sorprendida estuvo cuando se enteró de que estaba embarazada, aunque después eso se reveló como un rumor falso. Sin embargo, era cierto que su hermana se negaba a regresar por culpa de un hombre.

Después su madre la había puesto a cargo de uno de los proyectos que llevaba Dannae y que había quedado varado ante su partida; luego otro y otro, hasta que ella ocupó por completo su lugar.

Dannae Nyx había dejado de existir para su madre, y ella se sintió culpable de ser su reemplazo, aún cuando se hacía creer firmemente que su hermana había alcanzado su meta, que era feliz y que ella, a base de su felicidad, había logrado realizarse.

“Te pasaste la desviación”, dijo Hanel con tono desesperado mientras, hacía temblar su labio inferior. “¡Carajo!”, gritó ella, acelerando aún más mientras tensaba el cuerpo buscando el retorno más cercano, arrepintiéndose de buscar dentro de ella una razón mínimamente convincente para haber realizado aquel viaje estúpido.

“Lo hacemos porque es una Nyx”; dijo Hanel sin prestarle atención mientras subía el volumen del estéreo; y ella volteó a mirarla feroz y desesperada, “esa es tu razón, no la mía, para mí Dannae, siempre será Dannae, aún cuando no fuera mi hermana.”

Sabía que esto último era cierto. Para ella, los lazos familiares nunca habían significado mucho porque no les veía el sentido práctico, sin embargo sabía, que de algún modo siempre había esperado que Dannae encontrara la felicidad, porque entonces podría borrarse de la memoria el rostro cetrino que había visto aquella mañana nublada “Hahne, ¿Está tan mal que yo busque ser feliz?”; y con ése recuerdo, la sensación de impotencia que había tenido al sentirse incapaz de responder.

11
nov
08

9: Réquiem

El avión se desplazaba silencioso y estable. Era un vuelo largo, uno de esos trasatlánticos en los que a la mitad del viaje todos los pasajeros ya se han quedado dormidos en las posturas más incómodas posibles… todos los pasajeros, menos los de primera clase, a quienes, como ya se sabe, se les da un trato preferencial.

“¿Gusta una manta señor?”, dijo la azafata, irracionalmente amable a aquel hombre que le respondió sólo moviendo la cabeza, mientras seguía tecleando a una velocidad infernal, con el teléfono apretado contra el hombro; “si, espero… lo siento, ahora tengo demasiado trabajo como para poder dormir,” agregó una sonrisa al final de la frase, aunque no la misma que empleaba siempre al final de sus negocios.

La mujer le devolvió la sonrisa, con una mirada que era más que amable y soltó “si necesita algo, no dude en llamarme”, con una voz acaramelada e incitadora; él asintió, ensanchando aún más la sonrisa, antes de que ella se enderezara y se dirigiera al siguiente pasajero; mientras la observaba alejarse.

Al otro lado del auricular, una voz de mujer lo llamaba por segunda vez “¿Ullien?”; entonces, él regresó al trabajo, aunque sin dejar de pensar que pasaría si decidía escaparse con aquella mujer un fin de semana, llevarla a todos los bares de la ciudad, a conciertos y obras de teatro, conocer a sus amigos y sus intereses.

“No funcionaría”, dijo con convicción y divertida la vocecita al otro lado del teléfono “aunque eso ya lo sabes”, él torció los labios, “odio que hagas eso Joffiel”, dijo lanzando un suspiro, mientras aguzaba el oído para captar la melodía que salía del auricular, que sonaba como si fuera música de fondo, aunque poco a poco fue elevándose de volumen.

“¿Es tu nueva composición?”, la vocecita al otro lado del teléfono, una voz infantil y cristalina soltó una risita, “así es”, entonces se escuchó de nuevo la música, quizá durante unos minutos, “¿qué te parece?”; “suena algo sombría”, dijo él francamente indiferente, “no se parece mucho a lo que has hecho antes, ¿cómo se llama?”

El silencio se extendió durante unos segundos, con el ruido amortiguado de los motores del jet y la respiración pausada aunque constante del resto de los pasajeros, “es un réquiem para alguno de nuestros conocidos, aunque no sé a ciencia cierta quién, ya sabes cómo funciona ésto”. No  contestó, siguió tecleando a una velocidad aún mayor, vigilante de su alrededor, para ver si alguien se acercaba, aunque lo cierto era que nadie lo hacía.

Y de pronto se detuvo, las manos temblorosas y los ojos muy abiertos, incluso su respiración se detuvo durante unos instantes; “¿lo sabías?” preguntó dejando escapar un ligero tono de reproche, “¿qué?”, respondió la vocecita genuinamente interesada; ésto lo calmó un poco, a la mayor velocidad posible, guardó sus datos y apagó la laptop “te lo diré en cuanto llegue a casa”; y colgó el teléfono sin saber que hacer con la pieza de información de la que se había hecho.

Después llamó a la azafata, quien acudió apresurada a atenderlo con una sonrisa de lo más amplia “¿señor?”. “Quizá después de todo, le acepte la manta”, dijo él con una sonrisa más neutral; la mujer pareció darse cuenta, por que regresó con la manta y se fue sin decir más; y él no la hubiese detenido ahora, porque en realidad le parecía que necesitaba dormir.

Lo que había descubierto, podía enfurecer o alegrar a Ananké Nyx, aunque no estaba realmente seguro de cual de las dos era peor.

09
nov
08

8: Promesas

De pronto su rostro se contrajo en una expresión que nunca había visto en él. Parecía revivir todo el sufrimiento en un simple instante, aterrador y tortuoso; que hacía parecer que fuera a romperse en cualquier segundo, un ser antiquísimo y sabio, deslizándose a la locura por un simple ser humano… era como ver su historia repetirse una vez más.

Durante un segundo, un odio profundo y obscuro hacia su madre la absorbió por completo; pese al hecho de no haberse opuesto ni a su partida ni a la de él de la villa Nyx, algo le decía que su madre, tenía que ver con la muerte de aquellos dos seres que se atrevieron a arrebatarle a dos de sus piezas más importantes.

Pero algo se movió en el fondo de su consciencia, una voz ronca y bella, una voz que había escuchado antes, “sí, posiblemente tiene la culpa de todo esto; aunque tal vez te estás apresurando.” Exhaló muy hondo intentando dominar su furia; no por ella, sino por Christian, que siempre había sido fiel a su madre y la había puesto por sobre todo y todos, a excepción de esta ocasión.

En la soledad del jardín, sólo las flores notaron cuan devastados estaban ambos. Ella levantó el rostro, en un intento vano y desesperado de regresar sus lágrimas de vuelta a sus ojos, pero fue inútil; dos lágrimas brillantes y tibias rodaron por sus mejillas congeladas hasta albergarse en las comisuras de sus labios. Pensó de nuevo en la convicción que había abrazado unas cuantas horas antes, cuando en un intento desesperado de vivir con todas sus cicatrices había decidido vengarse de los que habían matado a Kyan.

“No mires hacia atrás y vete”, le dijo centrando sus profundos ojos castaños en ella, con la sonrisa amplia y generosa con que siempre la recibía. Pero ¡como había podido! ¡Cómo se había atrevido a decirle algo así, cuando el ritmo de su corazón disminuía poco a poco y el dolor se expandía rápido y letal por su cuerpo!

Era algo que le atormentaría hasta el fin de los tiempos, la manera en que la había mirado, lleno de cariño y había tomado sus manos heladas entre las suyas para depositar un último beso muy recatado, como si ella fuera una dama victoriana más que una soldado atolondrada y fúrica.

Las semanas que pasó en el hospital fueron aún más horribles, día tras día, luchando contra sus propios músculos para volver a caminar, llorando impune sobre las barras de acero a las que se aferraba para arrastrarse… más desesperantes eran aún los doctores y las enfermeras, siempre conmiserándose de ella, “pobre muchacha”, susurraban las enfermeras de guardia al final del pasillo, a quienes escuchaba tan claramente como si parlotearan justo frente a ella.

“Es una pena que se haya quedado sola”, decían los doctores al pasar frente a su habitación. Y en realidad se había quedado sola; ni una sola vez su madre ni sus hermanas fueron a visitarla, en una jugada inteligente de verdad, porque ella se hubiera negado a verlas; y se tragó las ganas de llamar a Christian, que estaba escondido en algún lugar de Europa junto con la joven que había salvado de su propio destino.

La joven por la que él ahora lucía abatido y destrozado del mismo modo irremediable en que lo estaba ella.

A lo lejos, escuchó a las niñas cantar las alabanzas y escuchó el credo, un murmullo colectivo que sonaba apagado aunque lleno de emoción. Entonces, cuando sus lágrimas se hubieron secado, ella miró de nuevo a Christian, que miraba resignado hacia el frente.

El mismo de siempre, elegante y de porte orgulloso Christian que escondía con poco éxito la cicatriz de su pena; igual de apuesto y encantador y sin embargo ligeramente más sombrío y taciturno en conjunto con ella.

“La extraño”, su voz sonó rasgada y devastadora sobre el viento silente que los acariciaba, helando sus bellos rostros de facciones finas, “en noches como ésta, fragantes y frescas, nos sentábamos en la sala vacía, con una copa de vino ambos, mientras yo tocaba el piano.” Y ella pudo verlo, a Christian sentado frente al piano, arrebatadoramente encantador como siempre había sido, y ella, apenas distinguible sobre la penumbra, la copa de vino brillando en su mano como un enorme rubí, mientras lo miraba ensimismado tocando.

Ella también se dejaba llevar por la melodía, y después, con sus rizos enmarañados sobre su rostro, lloraba silenciosa y aturdida, hasta que la cabeza le dolía tanto que parecía que la sangre martilleaba, y se levantaba mareada, aunque extasiada ante el hecho de encontrar a alguien capaz de producir música tan hermosa.

En verdad le dolía verla; por que como había dicho Christian, su soledad era palpable y aplastante; pero desaparecía cuando estaba con él. La vio levantarse con trabajo, mientras se tambaleaba al intentar llegar a su habitación, y ahí estaba Chris, con el cabello largo y los ojos plateados, mirándola fijamente, preguntándose si algún día ella terminaría de sanar si es que se quedaba a su lado.

Entonces, con mucha dulzura, la levantaba en vilo, mientras ella protestaba airada, cuando la dejaba sobre su cama, y la cubría con las mantas para después dirigirse a la puerta. “No te vayas”, susurró June Belford realmente asustada, “al menos no hasta que me duerma, así, si despierto mañana y no estás, pensaré que todo fue un sueño”

Y él se acercaba de nuevo, con el corazón encogido, sentándose al borde de su cama, tomando su mano y acariciándola, hasta que ella caía en un sueño profundo que más bien parecía un coma. “Te quería”, dijo ella llorando sin darse cuenta, y él asintió, silente y serio, mientras le ponía el abrigo sobre los hombros pues ella tiritaba sin control “No quería que lo vieras, le susurró él apretándole suavemente la mano, de verdad lo siento.”

“Lo entiendes ¿verdad?”, susurró la voz a su oído, inundándola de una sensación de bienestar que hacía mucho tiempo que no sentía; pero ella se negó a abandonar sus planes, de olvidarlo sin más. “Siempre estaré contigo”, dijo él aquél día de mayo mientras observaban el ocaso en el mismo lugar donde se encontraba ella ahora; “te lo prometeré de nuevo antes de que muera”, ella puso una cara de disgusto y le pasó el dedo sobre los labios “no lo digas”, contestó levemente angustiada.

“¿Por qué no?” y en su voz había un matiz de verdadera curiosidad, “es un hecho que vamos a morir algún día; y si te lo digo no es para asustarte, sino por que los muertos nunca olvidan sus promesas.” Entonces ella lo había mirado sin comprender realmente, pero ahora se revelaba todo con tremenda nitidez; “Ella siempre estará contigo”, dijo sonriente, aunque enjugándose las lágrimas “los muertos no olvidan sus promesas”.

07
nov
08

7: June Belford

De nuevo aspiró muy hondo y retuvo el aire en sus pulmones unos segundos, antes de dejarlo escapar, “la primera vez que me soltó tal idiotez, estábamos sentados aquí, él, justo donde estoy yo ahora.”

“Ella me llevó a un lugar similar, en una ciudad diferente,” dijo él, sin hacer mucho caso de sus emociones, después de todo, para él tales cosas siempre había sido un estorbo… hasta que había conocido a June Belford.

“¿Cómo era ella?”, preguntó Dannae con el interés chispeando en sus ojos que ahora se revelaban azules como un cielo sin nubes. Apoyó la cabeza en su hombro y lanzó un suspiro, “en realidad sólo la vi dos veces, pero si ella te hacía feliz, yo era feliz, hermano.”

Christian se quedó pensativo durante un rato, después del cual, su voz aterciopelada sonó acongojada y con un matiz de furia, “era un fastidio,” dijo después de soltar una carcajada, “era cínica y arrogante y nunca aceptaba un no por respuesta; en realidad creo que nunca me quiso, yo era simplemente el paliativo de su soledad.”

Ella también soltó una carcajada, le asombraba lo absolutamente ingenuo que podía ser, quizá en realidad tuviese los años que aparentaba pero… desde hacía 15 años, cuando había llegado a su vida, ya era así, el adonis de piel alabastrina y ojos de mercurio; el mismo que era ahora. “Créeme”, dijo ella confidente, mientras miraba en sus ojos plateados “te quería, y mucho.”

“¿Sí?”, inquirió él ligeramente amargado aunque después de unos segundos a su rostro regresó una mueca pensativa. “De cualquier manera me encantaba molestarla, porque era el único modo en que su rostro cambiaba, primero se sonrojaba conteniendo la furia, discutíamos tal vez unos minutos  y después sonreía, burlona y triunfante sobre mí, que nunca fui capaz de negarle ninguno de sus caprichos como tampoco he podido contigo”.

Ella parecía sorprendida, jamás se imaginó que su adorado mentor fuera incapaz de mantener dominada a cualquier mujer que quisiera a base de la inevitable atracción que ejercía sobre ellas, más aún, que se quejara del desamor de June Belford, en cuyos ojos ella había notado la loca pasión que quizá había terminado por destruirla.

Sin embargo esto último se lo guardó para sí misma, y con gesto ausente, él siguió hablando “a ella le hubiese gustado este lugar,” dijo con un suspiro ahogado.

“¿Por qué te quedaste con ella?” soltó ella por fin. Era la pregunta que se venía formulando desde que la había visto por primera vez del brazo de él, en uno de los pasillos de la villa Nyx que llevaban a los salones donde su madre organizaba opulentas fiestas todos los meses a fin de cerrar tratos de negocios con socios de todo el mundo.

“Esa es una buena pregunta”, contestó él mientras seguía contemplando la ciudad; “supongo que ella me aprisionó desde la primera vez que la vi”, en su voz, la nota de amarga tristeza se iba expandiendo lentamente,  mientras continuaba hablando “iba a matarla ¿sabes? Danielle dijo que era hora de que ella abandonara la tierra, y Joffiel no estaba de acuerdo, porque después de todo lo que había pasado no tenía caso que la matáramos.

“Lo cierto es que a mí también me parecía injusto. Se veía tan sola… no me parecía justo que muriera, ni tampoco que estuviera sola, así que me quedé con ella, incluso pensé que podría salvarla, mantenerla conmigo; pero entonces llegaron los Bradford.”

Los Bradford; ella sólo había oído hablar de ellos, la familia paralela a las Nyx, todos varones nacidos de Helena Nyx, su tía, a quien en realidad nunca había conocido. Anabelle decía que Lucius Bradford odiaba a Ananké por que la culpaba de la muerte de Helena, su madre, aunque de esto, ella no sabía nada más.

“¿Ellos la mataron?”, inquirió ella casi con susurros, como si fuese un pecado recordarle su muerte; sin embargo, él la miró como si lo que preguntó estuviese de más, alguna pregunta estúpida cuya respuesta es tan obvia que resulta insultante preguntar. “No,” contestó por fin, más sereno; “pero las circunstancias que llevaron a su muerte fueron causadas por ellos”.

07
nov
08

6: Luciérnagas modernas

Durmieron quizá otros veinte minutos antes de que el conductor del autobús los despertara para avisarles que habían llegado a la base, “gracias”, le dijo ella con una sonrisa amable y convincente, aunque falsa; ya abajo, entre el bullicio de la gente, ella seguía su camino arrastrándolo de la mano y sin fijarse en nada ni nadie.

Entonces se dio cuenta que estaban subiendo a través de una larga escalinata, entre turistas que los apretaban inconscientes y emocionados, ella seguía su rápido ascenso, sin soltarle la mano, y él intentaba seguirle el paso, cosa que era muy difícil puesto que los turistas iban y venían interponiéndose en su camino, una gran masa informe que se movía y respiraba.

Sólo entonces se dio cuenta de la importancia que aquel lugar tenía para ella; Dannae Nyx, quien siempre repelía cualquier contacto físico directo y se apartaba de los demás, sumergida y bregando por avanzar en un mar de gente.

Sin embargo, todo parecía decir que se acercaban a una explanada, por que la gente se dispersaba poco a poco, mientras que observaban maravillados el enorme crucifjo de piedra que se elevaba inamovible dividiendo el flujo de personas en dos.

Aquello le produjo un intenso pánico, era como unos meses atrás, sólo que ahora era de noche y más concurrido, quizá no fuera el mismo lugar pero era bastante similar; ella volteó a mirarlo, y lo jaló un último escalón, hasta que ambos estuvieron juntos en la explanada que era en realidad un atrio de iglesia. “¿Me vas a decir que después todo este tiempo recurriste a la religión para apaciguar tu consciencia?” Ella lo miró frunciendo el ceño y estirando los labios, su voz sonó clara y cristalina como hacía mucho tiempo que no la oía “no es el lugar lo que quiero que veas, es la vista que ofrece.”

Y de nuevo echó a andar entre niños con coronas de flores que conmemoraban su primera visita a la iglesia y personas que canturreaban salmos y alabanzas, entre turistas con mochilas al hombro y mujeres con velas votivas; hizo una reverencia a un joven párroco que iba pasando, le dijo algo que no pudo entender y éste le extendió un juego de llaves antiguas.

Golpeó a una mujer que cruzaba con cinco niños a su alrededor y se disculpó brevemente, intentando suprimir la mirada hostil de sus ojos, los mismos que años antes hubiesen sido incapaces de dedicar una mirada así.

Al fin llegaron frente a una reja de hierro forjado y ella probó las llaves, una por una, mientras él miraba a su alrededor, intentando comprender por qué había tanta gente en la iglesia. Sin embargo ella lo interrumpió, cuando la verja chirrió al abrirse de par en par; ella lo sacó de la multitud, y cerró con llave una vez que ambos se hallaban del otro lado.

Era un jardín. Había naranjos y manzanos, los cuales estaban en flor, igual que las fragantes rosas de raros colores. Podía oler los nardos y las azaleas, ver las margaritas, como niñas sonrientes, y sentir la caricia de la madreselva, que colgaba sobre ellos; además de las muchas otras flores, repartidas a un lado de los senderos de piedra que bordeaban el jardín.

Él se quedó pensativo  un rato, después del cual se dio cuenta de por qué se sentía tan a gusto en aquel lugar, tanto, que incluso la punzada inicial de dolor se había anestesiado, convirtiéndose en nada más que una simple molestia. Aquel jardín, lleno de maravillosos olores y aunque más sencillo y menos costoso, se parecía a una de las terrazas de la villa Nyx.

“Los padres me dejan venir aquí de vez en cuando”, dijo ella exhalando el aire muy despacio mientras se encaminaba hacia una de las bancas, que estaba colocada frente a una pequeña barda de ladrillo. “¿Tú lo diseñaste?” su voz soñó extraña; ella volteó a verlo y le hizo señas para que fuera a sentarse junto a ella, “No, restauré algunas de las pinturas de la iglesia hace unos años, cuando intentaba pasar por alguien común y corriente; pero ellos no tenían dinero para pagarme y dado que a mí no me hace mucha falta, les dije que no importaba.”

Se encogió de hombros, y después de unos segundos, continuó “pero entonces uno de ellos recordó lo mucho que me había emocionado con el jardín, y me dijo que podía volver a él cuantas veces quisiera. Sé que ya te diste cuenta de lo mucho que se parece a la terraza que daba a mi habitación en la villa Nyx, pero en realidad, éste lugar tiene valor para mí por lo que viví en él.”

Cuando él estuvo sentado a su lado, pudo ver por qué ella había elegido esa banca en particular. Sobre el nivel de la diminuta pared de ladrillo que ahora se revelaba como una baranda, la ciudad se extendía brillante y soberbia, en el antiguo azul intenso de la noche, ahora tornado en un color bermellón brillante con tintes marrones y purpúreos.

“Que extraño”, alcanzó a susurrar él con la vista fija al frente, “¿cómo puede algo tan destructivo lucir tan bello? sobre el silencio que ambos disfrutaron unos cuantos minutos, los salmos y los aves marías se elevaron al ritmo pausado del órgano de la iglesia, aunque sus numerosas variaciones de tonos sólo les llegaban flotando sobre el viento.

“Es el destino de todo lo humano,” dijo ella lanzando un suspiro diminuto, “brilla con tal intensidad que nos olvidamos de lo dañino, peligroso u horroroso que es en otros momentos.” Por un segundo le pareció que sus ojos se nublaban; pero se controló y deshizo el nudo de su garganta con un carraspeo. “¿sabes cómo llamaba el a las luminarias? Les decía las luciérnagas modernas”.

Soltó una risita hueca, y elevó la cabeza hasta apoyar la nuca en el respaldo de la banca, con los párpados cerrados, mientras luchaba por mantenerse cuerda, intentando no dejarse llevar por sus recuerdos. “Era un imbécil soñador y estúpido, pero lo quería. Dijo que les decía así porque así era como le parecían las personas, seres capaces brillar para encontrar a su pareja.”

06
nov
08

5: Tiempo

“Te sigo esperando”, le dijo ella con una sonrisa cálida y gentil; bajo la luz intensa y cegadora del sol, sus ojos violetas brillaban con la misma intesidad de su sonrisa, por que en el sueño ella no había muerto.

Pero entonces se dió cuenta. June Belford se alejaba de él como sucedía siempre de un modo irremediable y aterrador; y entonces aparecía de nuevo en aquel sendero donde siempre era de día y de noche, siempre buscándola y sin embargo incapaz de encontrarla.

Despertó a la tercera sacudida, Dannae Nyx, con su belleza inmutable, y perenne; levemente mermada por su desgracia, lo miraba consternada. “Está bien”, dijo con el ceño fruncido y las comisuras de los labios hacia abajo; “hace unos meses todavía lo veía en mis sueños, corría tras él, pero era incapaz de darle alcance. Lo tenía tan cerca… y no podía tenerlo conmigo otra vez”

Él asinitió; no se resistió al abrazo, sino más bien lo atrapó con la guardia baja, porque Dannae siempre repelía el contacto físico con cualquiera, incluso con él.

Permanecieron así durante unos segundos, después de los cuales ella dijo: “vuelve a dormir Chris, no quería despertarte por que sé lo difícil que es dormir estando tan herido como estás pero… no quería verte sufrir.” Realmente parecía preocupada por él, por primera vez durante toda la visita, ella había mostrado un destello del ser que era antes de quedar atrapada en las ambiciones de su madre; y él sonrió para tranquilizarla, aunque no estaba seguro de haberlo hecho correctamente.

Ahora entendía como se sentía ella, y sentía más de cerca su dolor, por que ella también percibía el de él, que más que un padre había sido como un hermano para ella, según sus propias palabras. Al final, sólo emitió un suspiro, lento y mesurado; la miró y se esforzó aún más en su sonrisa falsa. “Estoy bien,” le dijo sin saber si había logrado dominar su angustia o no; “todo lo que necesito es tiempo.”





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